miércoles, 18 de noviembre de 2009

El Agente: Archivo #017 - Run like Hell



John recogió a Kevin a la salida del hotel, en una berlina color negro, con los cristales tintados. Bajó la ventanilla, y miró a Kevin extrañado.
-¿Dónde está Helen?
-Dijo que no venía. Que no quería formar parte... de esto.
John asintió levemente con la cabeza, y dijo con voz seria.
-Entiendo. Sube al coche, chaval.
Kevin miró una vez más hacia el hotel, como esperando que Helen saliese por la puerta, en ese momento, corriendo a estrecharse entre sus brazos. La puerta giratoria del hotel se movió y... salió un grupod e turistas japoneses. Kevin suspiró, abrió el maletero, dejó allí sus cosas, y entró en el coche. Allí estaba Gillian, que lo saludó sonriente.
-Hola, Kevin. ¿Preparado para el gran viaje?
-¿Gran viaje? -Miró hacia la parte delantera del coche-. ¿A dónde nos llevas, John?
-Más lejos de lo que hayas estado jamás -dijo arrancando el coche, y metiendo la cuarta enseguida.

Helen observaba silenciosamente como el coche se iba, desde la ventana de la habitación. Terminó de empaquetar sus cosas en la maleta que llevaba consigo. Sabía que debía de marcharse de allí enseguida, pero decidió tomarse unos momentos, para reflexionar. Se sirvió una copa del minibar, y se tumbó en la cama.
Las últimas semanas habían sido muy extrañas. Todavía no sabía muy bien qué era lo que le atraía de aquel joven canadiense. Tal vez su tranquilidad, tal vez su tenacidad silenciosa. Tal vez su extraña impulsividad en ciertos momentos... Probablemente un poco de todo ello. Era tan triste tener que dejarlo... Terminó su copa, y se preparó para huir, lejos, tan lejos como pudiese. Correría, hasta que no pudiese más, y sólo entonces se detendría. Y no miraría atrás.

Gillian abrió ligeramente la ventanilla, para dejar que la brisa se colase por ella. Toda su vida había sido un gran viaje. De su Galway natal, en Irlanda, más allá del mar, hasta Vancouver, y luego, al fin a su querida Graceland, el lugar que escogió su madre para criarla. Ahora, se marchaba de su hogar en Memphis, en dirección a lo desconocido. Huía de un lugar en el que se había quedado atrapada, hasta que Kevin llegó con su Caja de Pandora. Sabía que, cuando volviera a verlo, muchas cosas saldrían de la caja que era su propio corazón. Pero tan sólo una predominaría sobre las demás: la esperanza de que volverían a estar juntos.

John conducía el coche, por la autopista, a gran velocidad. Ahora mismo, no pensaba en otra cosa que en sacar aquellos dos chicos de allí. Eran muy jóvenes, pero tenían mucha vitalidad. Era buenos reclutas. Lamentaba enormemente tener que sacudir sus vidas de aquélla manera, pero ¿qué otra cosa podría hacer?¿dejar que Rinehart los destruyese, como hacía la Corporación con todo lo que entraba a su alcance? No podía permitirlo. No, después de lo que habían hecho a su padre. Ellos debían pagar por sus crímenes, y John estaba dispuesto a llegar todo lo lejos que hiciese falta. Y ahora mismo, se dirigían muy muy lejos...