sábado, 20 de febrero de 2010

El Agente: Archivo #025: Pisadas en la nieve



Helen se movió silenciosa cuando oyó pisadas en la nieve. Llevaba ya un tiempo en aquella casa de St. Moritz, escondiéndose del mundo. Sin embargo, sabía que tarde o temprano la Corporación enviaría a alguien a buscarla, si es que no lo hacía el propio Herr Fritzl. Por eso, estaba bien preparada. Su casa podría resistir el ataque todo de un pelotón enemigo, si sabía que se dirigían hacia allí.

Pero, según pudo ver a través del sistema de videovigilancia que había instalado hábilmente oculto en el bosque que rodeaba la casa, un sólo hombre, con una maleta, con abrigo y sombrero negros, era el que se acercaba. Sus datos biométricos no correspondían con nadie de la Corporación, así que podría ser o bien un hombre de Fritzl, o bien un agente libre. Decidió que merecía la pena darle un voto de confianza, aunque por si acaso, cogió una pistola automática, y la pegó con cinta americana bajo la mesa de la cocina, que estaba al lado de la puerta.

Al cabo de un rato, el extraño llamó a la puerta. Ella abrió la mirilla, y preguntó en alemán, con su cortante acento bávaro:
-¿Quien es usted? ¿Y qué quiere?
-Mi nombre es Clive Thomson. He venido desde muy lejos para hablar con usted, señorita Rhinehart. -El individuo hablaba en inglés, con acento del medio-oeste.
Cambiando al inglés, le respondió, mientras abría todos los candados de seguridad de la puerta.
-Pase.

El individuo se quitó el abrigo y el sombrero, y los colgó en el colgador que había al lado de la puerta. Helen se mantuvo al otro lado, apoyada en la mesa. Un movimiento en falso, y en pocas décimas de segundo el hombre estaría muerto en el suelo. No hizo ningún amago de sacar ningún objeto, aparte de un bloc de notas y un bolígrafo.

-¿Es usted policía? -Dijo Helen.
-No. Detective privado. Me han dicho que usted estuvo en cierto hotel de Memphis hará cosa de unos meses.
-Si es tan vago en los detalles, mucho me temo que no pueda ayudarle.

El individuo se llevó la mano al bolsillo. Helen bajó la mano para ponerla cerca del arma bajo la mesa, pero la retiró cuando el hombre extrajo un papel doblado del bolsillo de su camisa. Lo abrió, y le enseñó una ficha de hotel, que mostraba los datos de una mujer mejicana.

-No conozco quién es esa mujer.
-Pues la recepcionista del hotel la ha identificado con usted, en un vídeo de seguridad del hotel. ¿Qué tiene que decir al respecto?

Helen cayó en la cuenta. No había borrado su rastro. Las cintas de seguridad. Ahora estarían en un servidor seguro. La recepcionista, en un programa de protección de testigos. En pocas palabras, estaba en un problema. Podría limpiar el rastro, pero sería a costa de más violencia, que implicaría borrar más huellas, en un interminable efecto bola de nieve. Podría pedir a Fritzl su colaboración, pero seguramente implicaría endeudarse con él, más todavía de lo que estaba. Tampoco era una opción viable. Tenía que pensar en algo, rápido, pero la mirada penetrante del detective sugería que debía responder, y pronto.
-Muy bien, soy yo. Lo admito. Usé un pasaporte falso que compré a la mafia mexicana. ¿Y qué?
-Pues que estás en un buen lío. Tenemos arma homicida, huellas dactilares, y un testigo de referencia. Sin embargo, puede que puedas librarte si...

Entonces ambos oyeron el estruendo. Como el sonido de un trueno, pero entrecortado y prolongado, como si se oyese por una radio vieja en una emisora distante. Helen lo reconoció enseguida. Sólo lo había oído una vez en su vida, pero era un sonido inconfundible. Inmediatamente se puso alerta. Miró al detective y preguntó:
-Cuando le mandaron aquí, ¿le inyectaron algo? ¿Le implantaron algún chip?
-Me dijeron que me colocarían un chip, pero me negué. No soy un perro.
-¿Y te dieron algo de beber?
-Bueno, sí. Me ofrecieron una copa. Y la verdad, en aquella sala hacía un calor de narices. Así que acepté, y nos prepararon unos cócteles. Un poco ácido para mi gusto, pero estaba bueno.
-¡Maldito idiota!¡Scheiße! ¡Era un isótopo, para poder rastrearte por satélite! Ahora un pelotón de soldados de choque deben haberse teleportado en las cercanías.
-¿Lo qué?¿Teleportado?¿Qué se ha fumado, señorita?
-¿Sabe manejar un arma automática?
-Sí, pero...
-Muy bien, debajo de esas tablas hay una caja con dos M-16, una mira telescópica, y munición abundante. Suba al piso de arriba y derrible a cuantos enemigos pueda. Ah, y procure que no le den con los railgun que portan. Podría ser lo último que haga.
-¿Pero qué diablos?¿Me puede explicar lo que está pasando?
-Creo que alguien ha decidido que valgo más muerta que en manos de su cliente, señor Thomson. Lamentablemente, les va a costar muy caro. Vamos a darles una buena paliza.
-¿Vamos?
-A menos que que quiera perder su dinero, y tal vez su vida, señor Thomson.
-Sabía que no era una buena idea aceptar aquél maletín...