viernes, 6 de agosto de 2010

La Leyenda del Prisionero: Episodio IV - A cara descubierta



Johann pudo ver al fin la cara de su contendiente. Durante semanas había estado imaginando quién sería. No se imaginaba, desde luego, que el fiscal fuera a ser un miembro del clero, y mucho menos un Paladín de la Iglesia de Hesperus. Sí es cierto que era la religión predominante en el Imperio, aunque aquí en Grenz, otras religiones eran más reverenciadas. No había pocos, incluso, que aunque dedicaran devoción al Sol Eterno, también siguieran tradiciones mucho más antiguas, algunas de las cuales podrían ser fácilmente consideradas heréticas por los Santos Caballeros. El Imperio había consentido a los elfos que mantuvieran su intrincado panteón de deidades. Aunque de cuando en cuando surgía algún valiente clérigo que viajaba al bosque pretendiendo evangelizarlos, ninguno de ellos hasta ahora había logrado ningún progreso. Por su parte, los gnomos estaban demasiado ocupados como para seguir ninguna religión. Si tenían alguna, posiblemente fuera la ciencia a la que se dedicaban en cuerpo y alma. Los enanos, por su parte, tenían sus Logia Ancestrales. ¿Por qué iban a adorar al Sol? ¿Les reportaba algún beneficio? En sus cavernas, no había sitio para el Sol, así que era inútil evangelizarlos. Respecto a los humanos de Grenz, tenían sus propias creencias. Muchos ex-combatientes de la guerra adoraban la faceta militar del dios solar, Hesperus Invictus. Los granjeros, en cambio, preferían rezar porque el sol les acompañase el tiempo justo y necesario para que madurase sus cosechas.

Por lo que tocaba al propio Johann, nunca había sido especialmente religioso. No consideraba que una oración fuese a influir mucho en su vida. Aunque era obvio que Hesperus existía, y dotaba de poder a sus siervos más devotos. Pero, por lo que él sabía, lo mismo podía decirse de cualquier otra deidad. Eso zanjaba, para él, cualquier clase de debate teológico, pero consideraba que tratar de robar la atención de una deidad con un propósito egoísta era bastante denigrante. Tendría que haber un intercambio equivalente, para el cual Johann, simplemente, no tenía tiempo, ni ganas.

Por su parte, Ulric entró en la sala con cierta cara de fastidio. Parecía molesto por algo, o eso pensó Johann. Vestía con un rico jubón, y una capa azul real con el emblema dorado del Sol Resplandeciente. Miró a Beriadan, que estaba al lado de Johann, todavía encadenado, tan sólo un momento. Había un desprecio manifiesto en su mirada. Por un momento, Johann pensó que quizá estuviese rezando para que el Sol se abriese paso por el techo del Juzgado y quemase vivo tanto al elfo como a él mismo. Sin embargo, Ulric parecía sólo evaluar a su cliente. Comentó algo al noble que le acompañaba, otro caballero, según supuso. Este llevaba un escudo blasonado en su capa de color borgoña, que Johann reconoció como perteneciente al Ducado de Holzbrück. No sabía mucho sobre la familia Thordrick, quien gobernaba el Ducado, salvo que tenían cierto parentesco con el Emperador por vía de un primo bastardo. Obtenían la mayor parte de sus ingresos del pontazgo sobre el río. El Castillo Puente era una obra arquitectónica conocida en todo el Imperio. Nunca lo había visto, pero había oído que era algo incomparable en su género, y que era inexpugnable... Aunque eso se decía de la mitad de los castillos del Imperio.

Todos se pusieron en pie, cuando entró el Magistrado. Johann lo conocía de vista, era un viejo diplomático que, tras años en Isla del Sol, había vuelto a su ciudad natal, y el Emperador lo había recompensado dándole el puesto de juez. Debido a ello, era un hombre que entendía la ley como algo flexible. Se podía llegar a un acuerdo con él. Eso sí, la vejez le había vuelto testarudo y conservador. No sería un hueso fácil de roer.

Se sentaron, cuando lo hizo el Juez.

El secretario, un gnomo que también parecía tener ya cierta edad, se ajustó los lentes, tomó el pergamino con parsimonia y carraspeó, antes de hablar con una voz ridículamente aguda:
"Ciudadanos, estamos aquí hoy para la imputación de cargos y la formalización del proceso contra Beriadan... ejem... Beriadan... bueno, de apellido desconocido. ¿Tienen las partes alguna objeción a la legitimidad de este Juzgado para procesar a este individuo?"

Silencio. Beriadan miró con furia a Johann. Johann guardó silencio. Beriadan abrió la boca como para hablar, y Johann le tomó del brazo. Se libró de la presa, pero selló sus labios. Ulric y Jonas les miraron con cierto malestar.

"Muy bien", siguió el gnomo. "Beriadan Elfo del Bosque, se le acusa de asesinato con agravamente mágico. La pena por este delito, según la Ley Imperial, es la muerte. ¿Tiene algo que declarar?"

"Soy inocente", dijo el elfo.

"Conste en acta que el acusado se declara inocente." Dijo el viejo Juez. Un destello de furia volvió a surgir de los ojos de elfo hacia el juez, primero, y hacia Johann después. Susurrando, el elfo dijo "No me declaro inocente, soy inocente. Los elfos jamás faltamos a nuestra palabra." Johann le contestó. "Pero esto es un tribunal imperial, y me temo que no bastará tu simple palabra". El gnomo carraspeó de nuevo. Silencio.

"Bien, el siguiente paso es el de reclamaciones formales sobre el proceso. ¿Tiene alguna de las partes algo que decir al respecto?"
Johann levantó su mano, y alzó la voz para decir alto y claro: "La parte defensora considera que, puesto que mi cliente no es ciudadano del imperio, debe ser juzgado según su propia ley, según la cual, tiene derecho a una ordalía, dictada por un consejo de ancianos."
Ulric miró a Jonas, atónito. Se levantó, y gritó "¡Protesto! ¡Eso es ridículo! Estamos en territorio del Imperio, los elfos fueron derrotados y pertenecen al Imperio. Es un ciudadano imperial."

El Juez se mesó el mentón. "No podemos afirmar eso categóricamente. Cierto es que el territorio de la nación élfica ha sido anexionado al Imperio, pero el Emperador no ha concedido la ciudadanía a los elfos. Tan sólo les ha concedido el derecho a habitar y transitar el territorio imperial. Sin embargo, lo que afirma, joven, sólo puede ser demostrado si cuenta con un código de leyes élficas que den pie a su argumento, y el testimonio válido de al menos un jurista élfico que lo refrende. ¿Puede aportar esas pruebas a este juzgado?"

Se oyó el sonido de un bastón chocando contra el suelo de baldosa en la sala, cuando se abrió la puerta de roble, y entró una figura alta, que habló con voz potente. "Puede". Todos, menos el Juez, que estaba frente a quien acababa de entrar, se volvieron. Johann lo reconoció inmediatamente. Beriadan parecía impresionado. El resto estaban simplemente perplejos.
"¿Quién es usted?", dijo el Juez alzando una ceja.
"Mi nombre es Fearuin de la Casa Borandor, y soy mago. Refrendo lo que Johann Holzmann ha propuesto a Su Excelencia", dijo el mago, sonriendo con suficiencia.