miércoles, 26 de agosto de 2009

El Agente: Archivo #002 - La Hora Bruja



Dejó la revista a un lado. Incluso dentro de la tienda, el calor era insoportable, y Kevin se sentía incapaz de dormir. Como el barco de su padre, la mente del agente bogaba de un rincón a otro de la memoria, en busca del momento que provocó que estuviera en este lugar, en este momento.

El joven siempre tuvo una vena viajera. Con sangre de navegantes de ambos lados del océano -de Galicia, en España, por parte de su padre, y de Terranova, Canadá, por parte de madre-, Kevin siempre estuvo de aquí para allá. No obstante, nunca se sintió demasiado en casa, cuando estaba en Terranova, o cuando viajaba a Galicia a visitar a sus primos españoles. Para los españoles, siempre fue demasiado frío, mientras que para los canadienses, carecía de la rudeza propia de aquella tierra. Ni siquiera su aspecto denotaba una procedencia concreta. Su pelo castaño era herencia paterna, pero tenía los ojos pardos, una mezcla de los ojos oscuros de su padre, y de los ojos verdes y luminosos de su madre. Era más alto que sus primos, pero carecía de la envergadura habitual de los hombres del norte.

Su mente dio un salto en el tiempo, a su etapa universitaria en Vancouver. Allí había tenido buenas experiencias, y por primera vez se había sentido integrado en algún lugar. Cuando terminó sus estudios, añoró quedarse. Incluso consideró ampliarlos para lograr una plaza como profesor. Sin embargo, cuando recibió la oferta de la Corporación, no lo pensó dos veces.

La Corporación. Al principio, parecía otro gigante financiero más, interesado en contratar un joven con talento. Ni siquiera la entrevista de trabajo le hizo pensar qué le esperaba. Si hubiera sabido que acababa de ser reclutado por una organización dedicada a dominar el mundo, no estaba seguro de que hubiera aceptado. La paga era buena, de eso no había duda. Y la posibilidad de viajar a menudo, y visitar lugar nuevos también lo atraía. Claro que Kevin no sabía entonces que acabaría en el medio del desierto.

Miró su reloj. Apenas era la una de la madrugada. La hora bruja. La hora en que los demonios asaltan a los hombres, y les traen falsas esperanzas, o les atacan para infundirles terror. Por algún motivo, Kevin pensó que estirar un poco las piernas le ayudaría a conciliar el sueño. Fue entonces cuando, ante él, mirándolo de frente, apareció el Coyote.