sábado, 12 de abril de 2014

El auge de la economía de la compartición


La semana pasada, latimes.com publicó un artículo de Jeremy Rifkin que hablaba sobre un nuevo modelo económico que empieza a cobrar fuerza en el mundo. Se trata de la sharing economy, o economía de la compartición (la traducción es mía). También recibe el nombre de "consumo colaborativo". Comunismo y capitalismo se fusionan en una forma más inteligente de gestionar lo que tenemos. Veamos en qué consiste.

Rifkin aporta en su artículo los datos sobre las operaciones de AirBnB, un sitio en el que es posible encontrar viviendas para compartir y que sólo en el Estado de Nueva York, ha costado a las cadenas hoteleras un millón de reservas el año pasado, poniendo a AirBnB en el segundo lugar en cuanto a reservas de alojamiento y a la par con cadenas hoteleras como Hyatt. Ahora AirBnB se plantea expandir el negocio para la compartición de vehículos e incluso bienes como muebles, ropa, o electrodomésticos. Sin embargo, no es la única. El nuevo sistema de Xbox Live permitirá prestar juegos adquiridos online a nuestros amigos, y varias compañías de carpooling como UberX, Lyft y Sidecar operan ya en EEUU

¿Cómo ha surgido este fenómeno? Rifkin atribuye este éxito al concepto near zero marginal cost (coste marginal cercano a cero). La idea bajo este concepto es que el coste para el usuario sea lo más cercano a cero posible, pero no sólo eso: que cada unidad adicional de producto puesto a disposición del cliente también tenga un coste cercano a cero. De esta forma tenemos que el intercambio entre demanda y oferta se produce de la forma más eficiente posible al crear un sistema inteligente de intercambio de información que hace al mercado más cercano a la perfección en cuanto a su transparencia. Por supuesto, tiene algunos desafíos como apunta este artículo, pero sin duda es un concepto interesante.

Personalmente creo que tiene que ver también con la aparición simultánea de dos fenómenos de forma simultánea, aunque inconexa entre sí: la aparición de las redes sociales, que ha causado que las personas se relacionen de nuevas formas (y asimismo también en cuanto a sus decisiones económicas) y por otro lado la crisis financiera internacional, a causa de la cual buena parte de los consumidores del mundo han tenido que buscar nuevos puntos de equilibrio en su demanda, y nuevas formas de tomar decisiones económicas de forma más eficiente. Y ha resultado que, paradójicamente, nos resulte más fácil confiar en una persona a través de Internet que en un vendedor en una tienda física. La razón está en parte en la empatía: sabemos que el vendedor va a querer que compremos el producto aunque no lo necesitemos. No es así en la persona que vende sus bienes usados en eBay. Además, a través de Internet podemos conseguir mucha más información sobre la fiabilidad de un determinado vendedor de lo que podemos hacerlo offline. ¿Cómo saber al entrar en una tienda física que el vendedor que se acerca no es un cretino sin escrúpulos? En Internet la reputación lo es todo, y por ello los vendedores virtuales, paradójicamente, se esfuerzan en mantenerla con un mejor servicio de atención al cliente.

Lo que prueba este fenómeno es precisamente algo que aunque parece evidente para los economistas clásicos, hoy en día no lo parece tanto: la transparencia en las operaciones de mercado es una pieza clave para que éste funcione. También, por otra parte, introduce algo que a los keynesianos clásicos puede resultar escalofriante: el regulador del mercado no tiene por qué ser un ente público si opera de forma transparente. Amazon, eBay o el propio AirBnB son tres mercados "virtuales" en los que las personas pueden adquirir bienes a un coste más reducido que el mercado al liberarse este de intermediarios y de comisiones opacas. 

Por supuesto, no es oro todo lo que parece. También hay conflictos en este fenómeno como apunta este artículo del New York Times. Sin embargo, mi opinión es que se trata de colectivos que buscan de alguna forma proteger sus privilegios ante un fenómeno económico nuevo. Lo que debemos preguntarnos es: ¿cuál es la forma más eficiente de gestionar nuestra economía? Y quizá ante un mundo que sufre una enorme crisis de demanda, con cada vez más bienes en manos de cada vez menos personas, compartirlos pueda ser una forma más eficiente y ecológica de sostener el único planeta que tenemos.