jueves, 27 de octubre de 2011

Internet y el nacimiento de la democracia-red


Estos días, que he estado especialmente separado de Internet me han permitido reflexionar sobre la importancia de la red en nuestras vidas cotidianas. Hace años se hablaba de que nos hallábamos en camino hacia el desarrollo de una sociedad de la información, entendida como una sociedad donde la información sería públicamente accesible por todos en todo momento. Lamentablemente, eso es de momento una utopía. Es cierto que el desarrollo de Internet en los últimos diez años ha permitido que gran parte de la información sea accesible por la gran parte de la población mundial. La Primavera Árabe de este año es un ejemplo claro de cómo la información compartida ha dotado de poder a las personas para determinar su régimen político. Ese fenómeno, gracias a la transmisión de esa información, ha producido un efecto contagio en las sociedades europeas como un efecto de ondas hasta provocar el inicio del movimiento 15-M en España. Y ese movimiento ha despertado todavía más consciencias para provocar que la información llegue hasta EEUU y se produzca allí el movimiento “Occupy Wall Street”. Todos ellos movimientos revolucionarios de incierto futuro, pero con un denominador común: su origen está en la libre transmisión de la información a través de Internet.

¿Cuáles son entonces los límites para hacer real esa aparentemente utópica concepción de la sociedad como una consciencia global? Todavía hay resquicios sociales, políticos y sobre todo económicos que presenten barreras para la completa transformación de la civilización tal y como la entendíamos hace cuestión de veinte años. ¿Cuáles son estas barreras? Se trata sin duda de la intención de los poderes que hasta ahora han construido el sistema, por cuyos pilares temen ahora que comienzan a resquebrajarse. La sociedad, cada vez más hastiada por las exigencias a las que se ve sometida para mantener los privilegios de las entidades bancarias sin las cuales se desmoronaría (teóricamente) nuestra economía, ataca cada vez más fuerte a esos pilares. Las entidades bancarias, a su vez, se constituyen en guardianes de quienes ostentan la capacidad de toma de decisiones. Mediante el secreto bancario, circulan a nuestro alrededor, invisibles, utilizando la propia Internet, ingentes masas de dinero por parte de personajes anónimos. Desde hace unos años, dichos personajes se han visto manipulados por aquellos que hasta ahora eran sus servidores, propiciando un cambio en la balanza de poderes. “Los gobiernos no sirven para nada. Standard & Poor’s es quien gobierna el mundo”. Eso decía cierto broker británico a la BBC hace unas semanas.

¿Son entonces estas agencias las que impiden el cambio? No, ellas son simplemente los nuevos gurús de la religión del todopoderoso dólar (no tan poderoso, últimamente). La crisis financiera se produce en origen a causa de un intento de ocultar información al público, de un intento de estafa a nivel global. Los bancos pican, y se arruinan. Los Estados deben salvar a los bancos mediante fondos de rescate y recapitalizaciones, a cuenta de los ciudadanos. El mismo broker decía que llevaba años soñando con una crisis como esta. Aunque este personaje es una caricatura de quienes realmente representa, un guiñol agitado ante las masas como distracción, sí es una muestra de la ideología que los actuales poderes financieros ostentan.

El baluarte del inmovilismo está, en cambio, en los agentes del sistema político. Son ellos los que poco tienen que ganar y mucho que perder con la transformación de la sociedad piramidal en una sociedad-red horizontal. En semejante clase de sociedad, mantener los privilegios que hasta ahora disponían se antoja prácticamente imposible. La corrupción de esta clase social se ha extendido de una forma tan grave que es difícil saber no ya cuál es grado de contagio, sino si existen células sanas en el organismo. Hasta principios de este siglo, es decir, hasta la irrupción masiva de Internet en nuestra sociedad, ésta se configuraba de forma piramidal pese a su carácter democrático. El político se mostraba todavía como un princeps, el primero entre iguales. Era elegido para gobernar a las masas, puesto que las masas eran incapaces de gobernarse a sí mismas. Era imposible que las masas tomaran decisiones de forma colectiva, puesto que era imposible que todos los ciudadanos cupiesen en un parlamento. Hasta que Internet lo hizo posible. La clase política se ha convertido en un estamento obsoleto, y aparece ahora como la nobleza en pleno periodo barroco: un elemento engorroso, que consume valiosos recursos de una sociedad que los necesita. Por lo tanto, a pesar de sus intentos de mantenerse en el poder, la fuerza del cambio a la que se enfrentan es una fuerza irresistible que terminará por arrollarles. Nunca en la historia humana un sistema se ha mantenido mucho tiempo después de que algo lo hace obsoleto. La velocidad de la transformación de ese sistema puede ser mayor o menor, pero la tecnología que hace posible compartir la información propicia la aceleración del cambio. “Lo que antes llevaba un siglo, ahora lleva cien días”, tal y como dijo E. Punset ante una asamblea en la Plaza de Sol.

En este momento, la sociedad ya ha cambiado. Comenzó a cambiar hace años, en los que comenzó a circular el concepto de governanza. De acuerdo con ese criterio, se aprobó el 18 de febrero de 2005 un código de buen gobierno en nuestro país. Existen códigos de buen gobierno en diferentes países con fechas muy similares. En aquel momento, adoptar formas de coordinación interinstitucional e intergubernamental comenzaba ya a hacerse algo imperativo. Sin embargo, nadie era consciente entonces de que la interrelación entre diferentes niveles institucionales y la necesidad de consenso en las actuaciones desde el nivel macro hasta el micro serían insuficientes. Durante unos años hemos vivido en la ficción de que los gobiernos son capaces de tomar decisiones para favorecer a sus ciudadanos. No ha sido hasta el comienzo de la (mal llamada, en mi opinión) crisis financiera de 2008 que hemos comprobado que los gobiernos se hayan secuestrados. Ya no gobiernan para favorecer a los ciudadanos que los han votado, si no para mantener un mundo que ya no existe. Se produce así una brecha que cada vez se agranda más. Recientemente ha tenido lugar el 15-O, el primer día de furia a nivel mundial. Estamos ante un fenómeno inusitado, muestra del mundo que Internet ha creado. Por una parte, una ciudadanía global que interactúa a través de la Red para organizarse con unos motivos y unos lemas comunes. Por otra parte, obsoletos gobiernos nacionales que tratan de echar de las calles a los manifestantes mediante la violencia, “el último recurso de los imbéciles”, como decía ¿Gandhi? (¡comprobar!). El resultado está todavía por ver, pero cada día es menos probable que el sistema se sostenga ante una desidia generalizada de los habitantes del mundo por una democracia capitalista que ahora agoniza.

Algunas ideologías políticas también obsoletas pretenden ahora capitalizar este momento de crisis para tratar de implantar sus creencias. Ni el marxismo, ni el fascismo son sistemas apropiados para solucionar los problemas económicos y sociales que afronta el mundo actual. Aunque el concepto de democracia digital se asimile en gran medida al anarquismo, tampoco se pretende la abolición de los Estados, sino su transformación. La democracia sigue siendo igualmente válida, bajo los mismos principios: libertad, igual y fraternidad. El Estado de Derecho es una conquista valiosísima, que no se puede tirar abajo ahora. Esto es algo que tanto los políticos como los revolucionarios más extremistas deben entender. Lo que tenemos entre manos es un sistema obsoleto que necesita ser actualizado para responder a las necesidades y vicisitudes de la sociedad, pero no es un sistema fallido como sí lo son el comunismo y el fascismo. No abundaré en ello ahora, pero la prueba de ello es patente: basta echar un vistazo al mapa y comprobar que estos dos sistemas ocupan la menor parte de los Estados del globo. Todos los demás son democracias con ciertas diferencias menores. Algunas mantienen a monarcas de nombre, pero cuyo poder es nimio por no decir inexistente. Algunas otras adquieren la forma de república, en diferentes formas. Mientras que en unas ciertas religiones tienen carácter oficial, en otras se opta por la libertad religiosa.

¿Cómo debe transformarse la democracia?

No es una pregunta fácil de responder, pero el punto esencial es el desplazamiento del proceso de toma de decisiones de los políticos hacia los ciudadanos. La participación ciudadana ha de convertirse en el instrumento clave para esta nueva democracia construida en red, en lugar de la estructura piramidal que ha existido hasta ahora. Así, a pesar de la necesidad de un cuerpo técnico que ejecute las decisiones populares, la decisión y la fiscalización de las mismas debe depender única y exclusivamente de la voluntad popular, expresada de forma libre y directa, sin intermediarios que la tergiversen y reinterpreten bajo sus propios opacos intereses.

La forma de realizar esta reforma debe ser a través de un proceso constituyente, en el cual la voluntad popular tenga la voz protagonista. Solamente a través de una Constitución puede quedar suficientemente blindados los derechos participativos en las instituciones democráticas.

Ya es un hecho patente la necesidad de este cambio, antes de que se produzca de forma violenta. La frustración de millones de ciudadanos en todo el mundo se ha ido extendiendo como la pólvora desde primavera. Lo que en principio se creyó que sería una manifestación de mero carácter regional, se ha ido extendiendo por todo el mundo. Una vez más, la teoría de Samir Amin, de acuerdo con la cual los sistemas se ven superados no desde su centro, sino desde su periferia se está cumpliendo. En un principio, se creyó desde el núcleo de nuestra civilización que las protestas de la Primavera Árabe se limitarían a esos países, cuando los regímenes autoritarios que los rigen no fueron capaces de gestionar adecuadamente las consecuencias nacionales de la crisis financiera mundial. Sin embargo, la llama de la revolución terminaría por extenderse a España, un país occidental y democrático. Y aunque no ha tenido el carácter dramáticamente violento de los países árabes, su influencia ha sido fundamental, sobretodo porque las vicisitudes de los indignados españoles son las de un colectivo altamente educado, informado y con gran capacidad de autoorganización y autogestión. Se ha creado así un lobby donde antes no existía, reclamando cambios radicales no ya en un sistema dictatorial, sino en la democracia liberal. De acuerdo con ellos, esta democracia no lo es en realidad. Más arriba ya he explicado el porqué. De suerte que nos topamos con que la democracia española ha adoptado un carácter casi isabelino en cuanto a la significancia de la alternancia en el poder. Unos y otros tienen en su programa las mismas políticas, que les vienen dictadas de Europa y de los agentes del mercado.

Pero no se detuvo ahí, sino que los españoles supieron ganarse la atención de los medios de todo el mundo, hasta el punto de conseguir la transmisión a donde nadie pensaría que nunca emergería un movimiento revolucionario: EEUU. El movimiento Ocuppy Wall Street se ha extendido ya por todo el país. Al menos de momento, estos movimientos tienen un carácter marcadamente pacífico y no acaban de ganar el apoyo mayoritario de la sociedad. Pero es un hecho el que se han convertido en líderes de opinión para un gran número de ciudadanos del mundo occidental. Los políticos, que solo ven al corto plazo, desdeñan los éxitos de estos movimientos, sin darse cuenta de que está plantada una semilla de desconfianza y desidia hacia ellos en una parte creciente de la sociedad. ¿Cuál es el punto en el que la separación entre los ciudadanos y la clase política se convierte en un barranco insalvable? De acuerdo con Abraham Lincoln, "Una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil". Aunque todavía no ha habido ningún gobierno que haya caído en occidente a causa del cambio producido por la crisis, es un hecho que no tardará en producirse. España e Italia parecen que serán los primeros, pero es muy probable que no sean los únicos. Los líderes europeos se muestran cada vez más debilitados ante sus electores, y es probable que se produzca un cambio político en toda Europa en 2012. Pero yo quiero ir más allá. ¿Hasta qué punto la clase política se sentiría legitimada para gobernar ante una reducción cada vez más drástica de la participación electoral? ¿Tendrán la honradez suficiente como para aceptar el desafío que supone devolver parte de la soberanía que les fue entregada por los ciudadanos?

Por desgracia, hasta el momento parece poco probable que este cambio vaya a producirse de forma inmediata, pero estoy seguro de que igual que tenemos una generación perdida de jóvenes en el mundo, reclamando por sus derechos; tenemos una generación perdida de políticos apoltronados en sus privilegios. Tal vez la siguiente generación, aquellos surgidos de las asambleas y las protestas, ya sea por participación propia, o porque esos jóvenes son los progenitores de esa generación de líderes que propiciarán el cambio de la democracia piramidal a la democracia-red. Aunque mucho me extrañaría que, a la velocidad que se está produciendo los cambios, hubiera que esperar tanto tiempo. Mientras tanto, lo único que podemos hacer los ciudadanos es mantener un ojo crítico, despertar, y desconfiar de aquellos que nos decían que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos, abocándonos a mantenernos callados mientras pagamos los platos rotos de la especulación de los agentes financieros con nuestro dinero.