lunes, 6 de junio de 2011

El pacto de Phoebus


Hoy mismo vi un interesante documental acerca de un tema que ahora mismo, me afecta personalmente: la obsolescencia programada. El título de este artículo hace referencia al pacto que dio origen a esa técnica, y que celebró en Ginebra en 1924 el cártel de las bombillas, Phoebus. Este cártel tenía como fin poner una fecha de caducidad al uso de las bombillas, que en su época duraban al menos 2.500 horas. El cártel llegó a la conclusión de que eso limitaba sus beneficios, y pactó que la duración de cada bombilla no podía ser superior a 1.000 horas. La obsolescencia programada había comenzado. Hoy en día, la mayor parte de bombillas incandescentes duran esas 1.000 horas, algunas incluso menos. Otros tipos de bombillas de bajo consumo duran más, pero su coste es exponencialmente mayor, optimizando coste y beneficio.

A partir de entonces, más y más productos fueron fabricados siendo saboteados en origen, diseñados con alguna tara que provocaba que durasen mucho menos de lo que tecnológicamente sería posible. Como explica en el propio documental, dos usuarios detectaron que los iPod tenían un problema con su batería, que se estropeaba con demasiada facilidad. Apple no garantizaba un respuesto, y obligaba a comprar dispositivos nuevos, que no se caracterizan por su precio reducido. El resultado del pleito fue un acuerdo entre Apple y los usuarios demandantes para que fueran indemnizados, y para que la garantía de sus dispositivos fuera ampliada a dos años.

Eso ocurrió ochenta años después del Pacto de Phoebus. La obsolescencia programada es uno de los ejes del sistema que hace funcionar la economía de mercado. Gracias a dicha técnica, consumimos más de lo necesario, porque los productos que tenemos se agotan antes de que necesitemos otros nuevos. ¿No recordáis a vuestros abuel@s quejarse de que antiguamente "las cosas se fabricaban mejor"?¿Nunca os habéis planteado que quizá tenían razón?

No obstante, la obsolescencia programada no sería de gran utilidad sin otros dos elementos: la publicidad y el crédito. Gracias a la publicidad, conocemos las novedades del mercado, y gracias al crédito podemo adquirir por adelantado dichas novedades cuando nuestros bienes se estropean "porque sí", cuando su fecha de caducidad secreta ha llegado.

Sin embargo, el sistema se ha roto. Una de sus piezas, el crédito, cuyo flujo dependía de los bancos, se ha detenido. Los bancos especularon demasiado con la vivienda, creando una serie de "activos", que en realidad consistían en vender algo que era incobrable. Cuando se hizo incobrable, los bancos se quedaron sin un duro, y los Estados tuvieron que "rescatarlos" con dinero público. Ahora muchos Estados como España están cerca de la bancarrota por causa de ello. Algunos Estados, como Grecia y Portugal, han tenido que ser rescatados, con el dinero público de otros Estados de la Unión. Sin embargo, los bancos siguen cortos de efectivo y no prestan dinero. A causa de eso, el consumo y la inversión se han paralizado. Los Estados están recortando el gasto público a velocidad de vértigo, por lo que las únicas variables que quedan como componentes de la renta son importaciones (que se están reduciendo) y exportaciones. Pero sin inversión, difícilmente se puede exportar. Ante lo cual, se produce una situación de paralización de la maquinaria estatal.

Ahora, los Estados ricos de la Unión quieren imponer a los pobres un "Pacto" (en inglés), que asegure que en caso de necesitar más dinero, se someterán a los durísimos planes de recorte que se proponen. Y que consisten fundamentalmente en ahorrar en prestaciones sociales, y en privatizar servicios públicos "no esenciales" como la educación o la sanidad. Con lo cual, nos encontraremos conque los Estados del siglo XXI, al menos en la parte pobre de la Unión, se parecerán mucho a los Estados del siglo XIX: desregulados (para incentivar la actividad empresarial), y limitados a funciones de policía. Un siglo de conquistas sociales no tardará en desaparecer ante nuestros ojos, empezando por la reforma laboral que se aprobará el día 20 y cuyo anteproyecto ya he estado estudiando y produce auténtico pavor. Aquellos que estén estudiando oposiciones, pueden ir pensando en otro futuro, porque la tendencia será a la desaparición del funcionariado.

La consecuencia es clara: sálvese quien pueda. En esta situación, la mejor opción es la emigración. Fuera dispones de un sueldo decente con prestaciones sociales. Aquí dispones de un SDM, y dentro de muy poco, sin derecho a ninguna clase de ayuda. La única barrera es el idioma, por supuesto. No obstante, gracias a la rebaja de los costes de mano de obra, la implantación de industrias aumentará en nuestro país y los de nuestros socios en situación igual de precaria. Con el tiempo, se recuperará la economía transformando al antiguo currito de obra en currito de fábrica. Un lavado de cara a un sistema que no funcionó.

¿Hay otras alternativas? Las hay, pero no son analizadas. Estrategias como el decrecimiento sostenible permitirían a una economía que ha vivido por encima de sus posibilidades ofrecer una calidad de vida aceptable a sus ciudadanos a través de una reducción racional del consumo y la producción de sus ciudadanos, siempre que se produjera un aumento de la eficiencia económica. Y la forma más clara y sencilla de hacerlo es, por supuesto, romper con la obsolescencia programada. No se necesitan inversiones millonarias en I+D+i, ni tampoco alteraciones del mercado. Lo único que es necesario es aplicar en todo su potencial la tecnología disponible. Podemos hacer mucho más con menos.

Otra alternativa es que quienes han creado toda esta situación (los bancos) paguen por las consecuencias. "Eso es imposible. Sería el fin de la economía de mercado." Tal vez sea eso precisamente lo que necesitamos. Una nueva concepción de la economía. Resulta irónico que el capitalismo propugne que cada persona es responsable de lo que hace, pero para mantenerlo haya que subvencionar los fracasos de determinados agentes del mismo. Esto demuestra que, pese a lo que defienden las democracias, no somos todos iguales. Algunos pueden permitirse gastar el dinero de los demás sin consecuencias.