lunes, 25 de enero de 2010

El Agente: Archivo #023 - Un día de perros



Clive Thomson guardó su paraguas, se metió en una cabina, sacó su bloc de notas, y levantó el teléfono, para marcar el número de su cliente. Hacía un día de perros. A Clive no le molestaba la lluvia, pero fumar resultaba complicado cuando llueve, y no fumar le ponía de pésimo humor. Esperó. Debía dejar el tabaco. "Cuando termine este caso, -se decía siempre-, me tomaré unos días, y entonces lo dejaré". Pero siempre venían las facturas, y siempre debía empezar con otro caso. El teléfono siguió sonando. "Bueno, tal vez esta vez tenga suerte y pueda al menos ver algo de mundo, aunque sea por cuestiones de trabajo". Se oyó cómo el teléfono se levantaba. Una voz grave, artificialmente deformada por algna clase de filtro computerizado, surgió del otro lado de la línea.
-Buenos días, señor Thomson.
-¿Cómo puede saber qué soy yo?
-Lo sabemos todo sobre usted, señor Thomson. Dígame, ¿por qué me ha llamado? Tengo una reunión en cinco minutos.
-Bien, entonces seré breve. He podido rastrear a la asesina hasta Berna. Sin embargo, no podré seguir i investigación salvo que me desplace hasta allí.
-Muy bien, pues hágalo.
-Se lo sumaré al importe de las dietas. Se lo aviso.
-El dinero no tiene importancia, señor Thomson. Haga lo que sea necesario. Vaya tan lejos como necesite. Pero tráigame a mi hija de vuelta.
El extraño colgó el teléfono.

-No me dijo que la persona que estoy buscando es su hija. -Dijo Clive a la línea muerta.
Colgó, con mal humor. Odiaba cuando los clientes le ocultaban información. Sacó su tabaco, y se encendió un cigarrillo. Salió de la cabina, y sacó su paraguas. Un hombre de edad avanzada le increpó mientras se metía en la cabina, y protestaba por el humo. Lo ignoró. Se dirigió a su cafetería favorita, y pidió un capuccino. El camarero lo saludó, y dijo algo sobre el tiempo.
-Un día de perros, ¿verdad?
-Lo peor no es que haga mal tiempo, es que el tiempo corre, y no sabemos cuánto nos queda para que la carrera termine.
-Tanto como usted se proponga. Al fin y al cabo, la tortuga venció a Hércules, ¿no es verdad? -dijo el camarero, con una sonrisa que parecía forzada.
-Tiene usted toda la razón.

Clive se relajó y decidió que mañana tomaría un vuelo a Suiza. Hoy, sin embargo, era un buen día para descansar, y reflexionar. Cada respuesta que se encontraba, daba lugar a nuevas preguntas. Había algo en todo aquello, que no olía bien. ¿Qué podía haber hecho su cliente, como para que su hija matara a sangre fría para no verlo de nuevo?