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miércoles, 6 de julio de 2011

El Agente: Archivo #028 - El cazador cazado


Fritzl tosió, y recogió sus gafas. Las limpió con un pañuelo que sacó de su chaqueta. Estaban llenas de polvo, y tenían un rayazo en las mismas, provocado por la caída. No obstante, eso se convirtió en el menor de sus problemas cuando la mujer rubia que había venido a buscar se encontraba apuntándole con una pistola. En la otra mano tenía un extraño aparato. Parecía un mando a distancia de construcción casera. El detective, Clive, creía recordar que se llamaba, apareció poco después. Estaba igual de cubierto de polvo y de magulladoras que Helen. No obstante, parecía que la peor parte se la había llevado él. ¿Cómo podía ser? Recordaba una explosión unos pocos segundos antes, el dolor... un dolor tan intenso que parecía que los ojos fueran a salírsele de las cuencas, que cada partícula de su cuerpo fuera a desintegrarse en una explosión atómica. Pronto entendió lo que ocurría. Le habían hablado de ello durante su formación como sintonizador.
-Los sintonizadores sois especialmente sensibles a las corrientes electromagnéticas. Por eso fabriqué un dispositivo emisor de una potente onda. Como ves, mi casa no ha sufrido más daños que los causados por tus hombres. Por lo que por cierto, pagaréis bien caro. Ahora dime, ¿qué es lo que queréis de mí? Ya no trabajo para la Corporación. Es más, no trabajo para nadie, salvo tal vez para mí misma. Ellos te han enviado aquí. Sabía demasiado, supongo. Pues te equivocas: no sé una mierda. Así que espero que tú empieces a cantar, y pronto.

Le dolía muchísimo la cabeza. Era como una resaca, pero mil veces peor. Le costaba moverse, y a duras penas consiguió sentarse. Pero lo hizo. La mujer siguió apuntándole, y hablando.
-¿Le ha enviado mi padre? Él sabe de sobra que no quiero verlo. Sabe de sobra lo que opino de lo que hace... En realidad, creo que le han hecho una encerrona, Fritzl. Ahora es mi prisionero, y no dudaré en hacer lo que sea necesario para saber dónde está Kevin y qué han hecho con él. Ni siquiera un escuadrón con sus mejores hombres ha sido capaz de capturarme, pero imagino que no tardarán en venir más, ¿verdad?

Entonces el detective apuntó hacia la mujer.
-En realidad, no ha sido al señor Fritzl a quién su padre ha enviado, señorita Rhinehart. Ha sido muy considerada al salvarme la vida, pero tengo un trabajo que hacer. Ahora, deje el arma en el suelo, muy despacio.

La mujer obedeció. Fritzl no pudo contener una mueca de ironía. Buscó con la mirada su sombrero y alargó el brazo para cogerlo. El detective se movió con rapidez para apuntarle. Fritz se quedó quieto, con la mano extendida, y con cara de fastidio.
-No le he dado permiso para moverse, Fritzl. Usted también viene. Sospecho que los gnomos para los que trabaja mostrarán mucho más interés en pagarme si le mantengo retenido.

El detective sacó su teléfono móvil, y se percató de que las interferencias causadas por la explosión electromagnética de Helen impedían que recibiera señal. Tendría que esperar un rato hasta que la señal se aclarara de nuevo. Mientras tanto, había algunas cosas que quería saber.
-Ahora quiero que respondáis algunas preguntas. Quiero saber en qué clase de fregado me habéis metido. Empieza tú, Fritzl. ¿Qué es la Corporación?
-Sé que son una organización antigua, aunque no sabría precisar cuánto. Su objetivo es controlar la paratecnología, y monopolizar su difusión.
-¿Paratecnología? ¿Qué diablos es eso?
-Tecnología que no ha sido creado en este mundo.
-¿Quieres decir que se trata de una especie de conspiración alienígena?
-No, que yo sepa. Todos los miembros de la Corporación que conozco son humanos. Aunque podría ser que solo usaran agentes humanos en las Tierras...
-¿Tierras? ¿Quieres decir que hay más de una? En fin, prefiero no saberlo. Señorita, ¿sabe usted algo más? -dicho lo cual pasó a apuntarla a ella. Fritz cogió su sombrero y comenzó a quitarle el polvo. Clive le miró con desprecio, pero siguió apuntando a la joven-
-No defiendo la Corporación, pero si me vas a llevar ante mi padre, pregúntale a él.
-Te estoy preguntando a tí, ahora.
-Mi padre no es ningún alienígena. No hay ningún alienígena en la Corporación.
-Las armas que usaban esos tipos... no existe en este mundo, que yo sepa. No sé de dónde la han sacado, pero nunca había visto nada similar. Y no se trata solo de las armas... todo su equipo es extraño. Parecen sacados de un videojuego.

Fritzl tomó la palabra:
-No son producto de ningún videojuego, aunque es verdad que algunos han sido con la finalidad de acostumbrar a los niños y jóvenes a usar armas que en el futuro serán comunes.
-Vale, supongamos que me trago todo eso: armas futuristas, teletransportación, una conspiración... ¿por qué actúan de esa forma? ¿por qué no dejar que esa... paratecnología sea libre y ya está?
-Herr Thomson, el mundo del que yo procedo fue arrasado por la irrupción sin control de la paratecnología. Los británicos casi destruyen Nueva York con ella. Y ha habido muchos más incidentes provocados por ella durante la guerra.
-Así que ahora resulta que esos tipos son los buenos de la película. Esa sí que es buena. Sin embargo, ellos la utilizan, ¿no es verdad? Usted fue enviado por la Corporación Rhinehart, y sus hombres utilizan esa paratecnología. No me parece que me esté contando la verdad, Fritzl.
-Me temo, Herr Thomson, que nadie sabe la verdad sobre la corporación. Nadie, salvo una persona. Y esa persona murió sin dejar rastro de su investigación.

Helen cayó en la cuenta. El abuelo de Kevin había sido quien destapó el secreto de la verdadera identidad de la Corporación. Por eso la caja era tan importante. ¿Sabría Kevin que ella era hija de Franklin Rhinehart? Si lo sabía, nunca lo había aparentado. No, cuando sacaron aquella caja del almacén de Caborca, ambos trabajaban para la Corporación. Por lo tanto, alguien estaba saboteando la organización desde dentro. Alguien que sabía que solo Kevin podría abrir la caja. ¿Quién le había encargado aquella misión? Aunque odiaba admitirlo, solo había una persona que podría contestar a esa pregunta: su padre, el Dr. Franklin Rhinehart.

Si Clive se percató de lo que Helen estaba pensando, no dio muestras de ello. En lugar de eso, encendió un cigarrillo. Lo cual habría sido muy estúpido, puesto que estaba ante una mercenaria altamente entrenada en combate con y sin armas, y un psíquico capaz de freírle el cerebro en cuestión de segundos. Bien, Helen no estaba segura de lo segundo, pero el hecho es que Fritzl no hizo otra cosa. No se movió del suelo en donde estaba sentado. Ella tampoco se movió de su sitio. Cuando terminó el cigarrillo, echó la colilla en el suelo, y volvió a mirar su teléfono móvil. Con una mueca de satisfacción marcó un número:
-Buenos días, señor. Tengo una oferta de dos por uno para usted.

viernes, 18 de marzo de 2011

El Agente: Archivo #027 - El Regreso



Kevin se percató entonces de lo que significaba aquéllo en lo que había estado pensando. Si en aquél lugar estaba viviendo su otro yo de este mundo, entonces eso significaba que debía ser un Punto Schröedinger. Si traía a Gillian aquí, ambos podrían volver a su mundo, al fin. Después de todo, seguía resentido con Sentinel por haberlos traído aquí casi a la fuerza. Aunque les salvaran el trasero de ser capturados por la Corporación, eso no significaba que ser arrastrado a otra dimensión fuera de su gusto.

Mientras pensaba en todo ello, un grupo de personas se agazapaba en el exterior. Kevin no los oyó hasta que fue demasiado tarde, y alguien dio una patada a la puerta, y entró. Kevin no pudo sino quedar paralizado por el asombro: se trataba de Helen... solo que había algo distinto en ella. La mujer alemana lo apuntaba con una pistola de diseño extraño. Vestía con un uniforme negro, sobre el que vestía un abrigo negro. La banda con el emblema nazi puso a Kevin sobre alerta: aquella mujer no era la Helen que conocía, era la Helen de este mundo. Y en este mundo... su ex-novia era una oficial de las SS. Levantó las manos, y trató de serenarse. Incluso sonrió. "Qué ironía", pensó. Decidió hacerse pasar por su yo de este mundo. Si averiguaban que Sentinel los había traído de una Tierra alternativa, podía meterse en graves problemas. No había visto fotos de los dos en el apartamento, así que podía deducir que en este mundo, Kevin y Helen no se conocían mutuamente. Sin embargo, confiaba en que lo que conocía de la joven le sirviera de utilidad:

-Buenos días, señorita. ¿Puedo invitarla a un café?
-No se haga el tonto conmigo, agente Gómez. El hecho de que pertenezca a la Companía no le va a servir de gran cosa esta vez. Tiene que venir con nosotros.

Malas noticias. Malísimas. ¿Qué quería decir con "La Compañía" ¿Se refería a la Corporación? ¿Era posible que existiera también en este mundo? Peor ¿Es posible que fuera la misma en este mundo? Eso explicaría algunas cosas, pero abría todavía más interrogantes. Resultaba bastante frustrante que con cada respuesta, aparecieran nuevas preguntas. Pero últimamente, venía siendo su pan de cada día.

Acompañó a la mujer con mala gana. Le pusieron unas esposas. La mujer se dirigió a otro hombre que vestía de forma similar a él, que estaba sacando algo de un maletín.
-¿Está preparado el inhibidor? Inyéctaselo cuanto antes. Las mediciones indican actividad parasincrónica en este lugar. Aunque el FBI no quisiera confirmarlo, estamos en condiciones de afirmar que este sujeto es un sintonizador.

Tenía que ser una broma. ¿Él, sintonizador? Era Gillian la que había mostrado las habilidades de sintonización, no él. No obstante, eso explicaría muchas cosas. Siempre pensó que su abuelo era el responsable de que entrara en la Corporación porque era un Agente, pero si él era un sintonizador, todo cobraba más sentido. Algo había oído sobre cierto carácter hereditario de las habilidades de sintonización, pero no había tenido ninguna pista que indicara que tenía alguna clase de habilidad especial. ¿Podía ser su talento innato para la tecnología ser considerada como sintonización? No había forma de saberlo de inmediato, pero en ese caso existían más clases de sintonizadores de los que Sentinel conocía, o les había querido revelar.

En cuanto le inyectaron la sustancia que llamaban "inhibidor", perdió lentamente la consciencia. Sin duda se trataba de un inhibidor de las habilidades de sintonizar, pero debía tener alguna clase de psicotrópico que le estaba anulando las capacidades cognitivas. Unos segundos después de pensar en eso, había caído en un profundo sueño.

viernes, 21 de mayo de 2010

La Leyenda del Prisionero - Episodio III, "Mucho más que un libro"




El joven Johann no dejaba de estar asombrado por el libro que el noble elfo le tendía. Sentía algo especial en él. Como abogado, muchos tomos incunables habían pasado por sus manos. Viejos pergaminos relatando precedentes legales y jurisprudencia que se databa siglos atrás a los primeros años del Imperio. Sin embargo, había algo en aquelo libro, que transmitía una cierta sensación de poder.
-Cuídalo bien. No es un simple libro. Este libro contiene nuestras leyes, que son las leyes del mundo. El conocimiento de esas leyes es... delicado. Permite llevar a cabo proezas sobrehumanas.
Johann pronto comprendió lo que el elfo quería implicar, con aquello.
-¿Queréis decir que este libro permite aprender a hacer magia?
-En realidad, la magia verdadera es algo más complejo que eso. Pero lo que contiene este libro permite... los primeros pasos.
-Entonces, ¿vos sois un mago?
El elfo asintió con la cabeza.
-Los magos somos los pilares de la comunidad élfica. Servimos como consejeros, médicos, jueces y sacerdotes.
Johann tuvo entonces una idea. Más que una idea, una revelación. Siempre había buscado la forma de salir de aquella ciudad e instalarse en la capital. Por supuesto, ahora la solución estaba en sus manos.
-¿Un humano podría llegar a convertirse en mago?
-No veo porque no, aunque dudo que pudiera tener entre los humanos el mismo papel que entre los elfos. Y seguramente muchos magos elfos sospecharían de él. Pero realmente, no hay nada que impida explícitamente que un humano emprenda la senda del mago, salvo porque es un camino largo, y los humanos no tenéis paciencia.
-Nuestra vida es corta, pero también aprendemos rápido. ¿Me aceptarías como alumno tuyo, Fearuin de la casa Borandor?
-Hace tiempo que no tengo ningún aprendiz. Y desde luego nunca uno humano. Sin embargo, estos son tiempos de cambio. Lo haré, pero sólo si respondes correctamente a la siguiente pregunta. Imagina que eres un mago, y puedes realizar grandes prodigios con tu poder. ¿Qué harías con él?
-Crear un mundo mejor. Más justo.
-¿Cómo?
-Usaré mi poder para luchar contra las injusticias, no deshaciéndolas, sino convirtiéndolas en imposibles. Si en verdad el mago conoce las leyes del mundo, y las usa en su favor, entonces como mago retornaré el favor creando justicia.
-Vaya, buena respuesta -dijo el elfo, con una mueca que podría ser un atisbo de asombro-. ¿Quién te ha enseñado eso?
-Simplemente he sustituido la palabra "fiscal" por la palabra "mago" del juramento que se hacía en la ceremonia de nombramiento en tiempos antiguos, antes de que la Iglesia de Hesperus tuviera el privilegio de nombrarlos, claro.
-Curioso. Muy bien, Johann Holzmann. Acepto convertirme en tu maestro de arcanomía.
-"¿Arcanomía?"
-Significa "nombre antiguo", y es como designamos en tu idioma al arte de alterar la realidad a voluntad. Tu primera lección es que todo tiene un nombre. Puede que algunas cosas se llamen de varias formas, pero cada cosa tiene un nombre auténtico. Y los nombres auténticos son la base del alto élfico, que hoy en día sólo se usa en ceremonias solemnes, en grimorios como el que tienes entre las manos, y para la fabricación de objetos arcanos.
-Comprendo. ¿Cuándo empezamos?
-Mañana por la mañana. A primera hora. Ahora, vete.

Una vez Johann se marchó, un sirviente entró en el patio sin hacer ningún ruido. Hizo una reverencia ante el mago, y éste le dijo que se irguiese.
-No lo pierdas de vista, y sobretodo, no permitas que pierda el libro.
El sirviente hizo una nueva reverencia, y se marchó tan silenciosamente como había llegado.

Johann volvió a su casa, con el libro en su mano. Lo metió en una bolsa de tela, y fue a visitar a Beriadan. El elfo seguía igual que la última vez, si acaso un poco más demacrado, lo cual, teniendo los elfos ya una piel clara por naturaleza, le daba un aspecto de ultratumba. Nunca había pensado que un elfo pudiera tener un aspecto tan cadavérico y demacrado. Decididamente, debía poner fin a aquello.
-Tengo buenas y malas noticias. La buena noticia es que creo que puedo sacarte de aquí. La mala es que debo aprender a leer alto élfico, y eso puede llevar cierto tiempo. No obstante, quizá tú puedas ayudarme.
Johann sacó el libro de la bolsa, y se lo tendió al elfo. Éste lo miró con atención. Luego miró al humano con estupor.
-¿Cómo lo has conseguido? Se supone que no deberías tener un libro como este.
-Salvo que un elfo me lo entregue voluntariamente, ¿no?
Beriadan lo miró de nuevo, con rechazo, pero sin decir nada.
-¿Dónde habla de esa ordalía que dices?
El elfo comenzó a pasar páginas, subvocalizando en su idioma, y pasando el dedo línea a línea. Luego pasaba capítulos enteros, volvía atrás. Johann se armó de paciencia, y esperó, mientras sacaba un cuaderno, un tintero, y su estilográfica. Se sentó en la única silla, y posó el cuaderno sobre sus rodillas. Finalmente, el elfo se detuvo en una página, y dijo simplemente:
-Aquí.
-¿Puedes traducirlo en voz alta?
Beriadan miró con fastidio a Johann.
-Vuestro idioma es bastante limitado para poder comprender todo el significado que aquí se contiene, pero lo intentaré. Seguramente no será más que una vaga sombra del texto original.
-No importan, bastará.
El elfo comenzó a leer, y Johann tomó nota de todo en su cuaderno.

jueves, 29 de abril de 2010

La Leyenda del Prisionero - Episodio II, "Aprendiendo a ser yunque para llegar a ser martillo"

"Hesperus que estás en los cielos, ilumina nuestras mentes, así como das calor a nuestros cuerpos. Perdona nuestras ofensas, que cometimos en el rincón más oscuro de nuestra alma..."

El paladín rezaba, como cada mediodía, buscando el consuelo de saber que un día más, poseía el favor de su deidad. Saber que cumplía su misión sagrada con honor y valentía. No era una vida que hubiera elegido, pero sí estaba orgulloso a donde había llegado, y tenía grandes ambiciones de hasta donde podría llegar. Y al fin había recibido la oportunidad que tanto estaba buscando. Por ello, debía dar gracias a su patrón divino.

Tras sus oraciones, Ulric se levantó y se dirigió hacia los juzgados. Hoy era la vista previa del caso al que había sido asignado como Fiscal del Imperio. Junto a él, su escudero, Jonas, el joven noble de la familia Thordrick. Al contrario que él, Jonas había ingresado en la Iglesia de la Luz Resplandeciente de Hesperus gracias a los contactos de su familia con la Iglesia. Era una costumbre común que segundones como Jonas tomaran la senda eclesiástica, como modo de ganarse la vida. Jonas era un joven valiente, apenas unos pocos años menor que él, aunque necesitaba una lección de humildad, que él, Ulric Schmieder, estaba más que dispuesto a darle. No porque lo odiase, ni tampoco porque tuviera envidia por su linaje. Lo hacía porque había una guerra apenas doscientas millas al este. Y algún día, ambos tendrían que ir a luchar en ella. Y en la guerra no hay lugar para el orgullo o la desidia. En la guerra, sólo hay vivos y muertos. Él pertenecía a los vivos. Y aspiraba a que Jonas también lo hiciera.

Ulric sólo había estado una vez en la guerra. Era un hombre de letras, más que de armas. Sin embargo, uno no suele poder escoger el rumbo de su vida. "Todos tenemos un destino, y el mío era el de luchar por mi país en la guerra contra los elfos. Y el destino de ese elfo es el de morir por traición y asesinato." Sabía que no sería fácil convencer al juez. Las pruebas son, como mucho, circunstanciales, pero el elfo portaba el arma del crimen, de eso no había duda. Él no la tenía, al menos. ¿Cómo podía haber llegado el arma a sus manos, si no era el criminal responsable?

"Los elfos son expertos en el engaño. Como aquella vez en el Bosque del Roble Viejo". Aquella fue una de las batallas más duras de su vida. Él había luchado con la infantería pesada, los llamados "Zweihänderkämpfer". Su misión, la de hace frente a la caballería ligera élfica. Iban fuertemente protegidos con gruesas armaduras, y portaban pesadas armas que se manejaban con ambas manos. Avanzaban a paso lento, pesado. Los elfos eran mucho más rápidos. Portaban armaduras ligeras de cuero, o ninguna en absoluto. Avanzaban en silencio por entre las copas de los árboles. Usaban penetrantes flechas que usaban con arcos compuestos. En resumen, había sido una masacre. Si hubieran llegado a la Fortaleza del Paso del Olmo... pero ellos los esperaban por el camino. Los exploradores montados en hipogrifos habían transmitido al cuartel general impresiones de la fortaleza abandonada mediante el uso de enlaces mágicos. No conocía los detalles, pero los magos tácticos establecían contacto mental con los exploradores para poder obtener una impresión en primera persona del campo de batalla. Por lo tanto, el comandante ordenó tomar la fortaleza, y establecer un punto fuerte en el bosque. Si podían tomar la colina, la caballería aérea podría extender su rango de acción. En la teoría, sonaba muy bien. Sin embargo, las cosas se comenzaron a complicar porque no había ninguna división de infantería ligera en la cercanía, así que los mandaron a ellos. El resultado había sido fatal. Los elfos se habían parapetado en los alrededores de la fortaleza, colocado trampas en la falda de la montaña, y, cuando pretendían huir, apareció la caballería aérea élfica montada en los pequeños dragones de las Colinas Azules. Él fue el último oficial en pie. En consecuencia, fue capturado y llevado a la fortaleza, donde pasó siete largos meses, hasta que de pronto, un día, los elfos se habían ido, dejando la puerta abierta. Cuando pudo volver a territorio imperial, supo que habían ganado la guerra.

En todo ello pensaba Ulric, mientras avanzaban por las calles de Grenz, en dirección al Palacio de Justicia. Cuando pasaban por la Plaza de Oldengarten, Jonas se paró de repente. Ulric se dio la vuelta.
"¿Qué ocurre, Jonas?"

"Me ha parecido que alguien nos seguía. Un elfo."

Ulric miró alrededor. Se concentró, y realizó una breve plegaria a Hesperus en el idioma sagrado. "Oh, Hesperus, arroja luz sobre aquello que está oscuro, y muestra la cara de mis enemigos."

Pronto lo vio, un elfo que se mezclaba ahora con la gente que había en la plaza. Iba encapuchado, de forma que sus puntiagudas orejas no llamaran la atención. Sin embargo, su delgadez y la palidez de su piel era reveladora. No era como los elfos salvajes con los que él había luchado en la guerra. Estaba seguro de que aquél se había criado en la ciudad. Sus ropas eran refinadas, y mostraba la gracilidad del pueblo bello en sus pasos. Se encaró con él.

"¿Por qué nos estabas siguiendo, elfo?"

"Nuestros caminos simplemente se cruzaron."

"Es posible que más cosas se crucen entre nosotros, si no me dices la verdad", dijo Ulric, llevándose la mano al cinto en el que portaba una espada corta, debajo del hábito -pues no estaba permitido a los caballeros portar sus armas dentro de la ciudad, en tiempos de paz, sólo puñales y armas sin filo para la defensa personal-.

El elfo hizo el amago de hacerse a un lado, sólo para golpear el bajo vientre del paladín, con una fuerza antinatural en alguien de tan delicada figura. Luego sacó un papel de su bolsa, y lo arrojó sobre el caballero de la Iglesia. Cuando se recuperó del golpe, el elfo había desaparecido. Leyó el papel, tras recogerlo del suelo. Era un panfleto impreso que decía "Libertad para el Príncipe Beriadan. Poned fin a la persecución religiosa y política de nuestro pueblo. Levantáos, hermanos del pueblo lunar". Ulric hizo una mueca de desprecio, y se guardó el papel. "Los elfos odian nuestras máquinas, pero bien se ve que no tienen problemas en usarlas en nuestra contra". Sabía bien lo que debía hacer, pero ahora, el Juez esperaba por él.

sábado, 13 de marzo de 2010

La Leyenda del Prisionero - Episodio I, "Cautivo"

"¿Alguna vez has estado herido?
¿Alguna vez te has sentido abandonado?
¿Alguna vez te has sentido realmente asustado?
¿Alguna vez has sentido que realmente no perteneces aquí?
¿Alguna vez has sentido que no tienes un hogar?
¿Alguna vez has sentido que no tienes ninguna oportunidad?

Así es como me siento yo.
"

Beriadan leyó aquella inscripción por trigésima vez, y esta vez, sintió que él también se sentía así. Hacía ya tres días que había sido encerrado en aquella celda. Tan sólo una vez le habían traído comida. Aún no había venido a limpiar el cubo con sus heces. Permanecía encadenado, aunque las cadenas eran lo suficientemente holgadas para poder estar sentado en el pequeño catre que había en la celda.

¿Por qué le había ocurrido esto, justo a él? Aún no había podido entenderlo. Lo habían acusado de traición y asesinato con magia. Él no sabía usar la magia, y aunque los elfos podían sentir la magia como cualquier humano percibe un olor, o un sonido, su "sentido de la magia", o maeluk como lo llamaban los elfos, no estaba entrenado.

Ordenó sus pensamientos, tratando de reconstruir los hechos que lo llevaron a aquél lugar. Había llegado a la ciudad de Grenz, en los límites del Imperio de Heimland. En el momento, le pareció una ciudad interesante, y llena de oportunidades. Había oído que una floreciente comunidad de elfos se había establecido allí. En aquel lugar, casi parecía que la ocupación se había olvidado, y que ambas naciones podían convivir en paz. Ahora, en aquella celda, su opinión había cambiado. Siempre había sido partidario de la paz entre humanos y elfos, pero en estos momentos, todo en lo que creía parecía derrumbarse como un castillo de barro mojado por la lluvia. Lentamente, se deshacía y deformaba, convirtiéndose en algo diferente. La ira y el odio crecían en su interior. Respiró profundamente, y consiguió hundirla en lo más profundo de su espíritu. "No te va a servir de nada enfurecerte ahora".

En ese momento, oyó ruido en el exterior de la celda. Un hombre joven, ataviado como un erudito, entró en ella. Lo miró de arriba a abajo. Y le dio la mano.
-Mi nombre es Johann Holzmann. Nadie quería tu caso, así que soy tu única posibilidad de salvación. Traición y asesinato con magia -dijo mirando el pergamino que sacó de su bolsillo. Silbó-. Esto no va a ser fácil.
-¿Es mi abogado?
-Así es.
-No quiero un abogado. Quiero una ordalía. Demonstraré mi inocencia con una prueba de valor.
-¿Una qué? Mira, eeh...
-Beriadan Valdaglerion.
-Beriadan. En este país tenemos leyes. Incluso un elfo tiene derecho a un juicio justo y a un abogado. No sé qué es una ordalía, pero puedes estar seguro de que tus costumbres tribales no van a ser útiles aquí.
-Lárguese de aquí. No quiero un abogado. Y menos uno que se burla de mi pueblo.
-Sin un abogado, te condenarán a muerte, incluso si las pruebas son totalmente circunstanciales.
-Quiero una ordalía. Tengo derecho a una ordalía, todo elfo la tiene.
-Sinceramente, lo dudo, pero quizás... me has dado una idea.
-¿De qué se trata?
-Tendrás tu ordalía. Sea lo que sea, nos dará tiempo.

Johann se dirigió al soldado que estaba en la entrada, y le dijo que ya había terminado. Se despidió del elfo, que dijo algo en su idioma -poco amistoso, por la expresión de su cara-. Una vez que salió del calabozo, se dirigió a la Biblioteca Pública de la ciudad. Realmente necesitaba ganar aquél caso, catapultarse a la fama, dar el salto, y poder ir a la capital. Pero de momento, era tan pobre, que necesitaba consultar libros en la Biblioteca Pública. Problemas de ser un novato en el oficio en una ciudad fronteriza. Grenz era una ciudad dedicada a la guerra, no a la paz. Había rutas comerciales que salían de allí hacia el extranjero, pero desde la ocupación, las rutas comerciales se habían desviado. Muchos cargamentos se perdían por ataques de los rebeldes élficos. Los litigios por daños no eran provechosos, porque el Imperio no se hacía cargo de la seguridad de las rutas más allá de la frontera. Y por eso, cuando había oído de un caso como éste, supo que era su oportunidad. Pero no iba a ser fácil. No obstante, lo que había planteado el elfo, le había dado una idea. Por eso, cuando llegó ante Angus, el viejo bibliotecario, le saludó, y le dijo:
-Angus, ¿tendrás por casualidad algún libro de derecho élfico? Y el manual de procedimiento penal que estuve viendo la semana pasada, ¿sigue disponible?
-¿Derecho élfico? ¿Procedimiento penal? ¿En qué lío te has metido ahora, muchacho? -dijo el anciano, levantando una ceja-.
-En uno muy gordo -contestó Johann sonriendo-. En algo muy muy gordo.
-Hmm... no hay ninguno, pero creo saber dónde puedes encontrar uno.
-No tengo dinero para comprarlo, Angus. Si tuviera dinero, no vendría aquí a preparar mis casos.
-Nadie dijo que lo fueras a pagar tú -respondió el bibliotecario, extendiendo un formulario titulado "Peticiones especiales de adquisición"-.

Con una bolsa de monedas en el bolsillo, Johann se dirigió a la dirección que Angus le había señalado. El bibliotecario debía tener al menos cien años, o eso es lo que pensó Johann la primera vez que lo vio. Sin embargo, a pesar de ser un hombre pequeño, extremadamente delgado y ya un poco perjudicado de la vista, era un hombre astuto como pocos. Más de una vez, había sacado al joven abogado de un apuro, y parecía que esta vez no sería la primera. Sin embargo, cuando se adentró en el barrio habitado por elfos, sintió que un nudo le atenazaba la garganta. No lo miraron con buenos ojos, precisamente, aunque era difícil saber qué es lo que pensaban los miembros de aquella raza caprichosa, sí sabía que todo elfo varón portaba consigo siempre una daga o cuchillo, y que muchos tenían décadas o siglos de entrenamiento con su uso a la espalda. Él llevaba una pequeña pistola Valentine de un sólo disparo, pero poco podría hacer con ella, si se enfrentaba a un grupo de enemigos. Por ello, caminó con cautela, sin fijarse demasiado en los rostros de las personas que lo rodeaban.

Finalmente, llegó a la dirección que le había indicado Angus en un pequeño pliego de papel. La casa parecía muy vieja, y estaba decorada de forma suntuosa, pero sin excesiva recarga, mostrando el lujo justo. Grandes vidrieras hacían de ventanas, iluminando el jardín interior de la residencia. En dicho jardín había una fuente, que expulsaba agua prístina. Posiblemente todo ello construído con magia. Se perguntó qué haría una casa tan lujosa en el barrio élfico, hasta que se dio cuenta de que quizás la casa fuese más antigua que dicho barrio, construido de forma abigarrada tras la ocupación, con el fin de alojar a los refugiados de la guerra.

Una mujer muy joven (poco más que una adolescente) llegó, y lo saludó con una reverencia. Se trataba de una joven muy bella, de ojos verdes como la hierba, y pelo color cobrizo. Iba vestida con un lujoso vestido de color verde, a juego con sus ojos. El vestido era levemente traslúcido, y dejaba entrever los pequeños pechos de la joven. Johann se sintió un poco turbado, e intentó concentrarse en mirar a los ojos de la joven. Ella dijo que su padre pronto lo atendería. Si no fuera por la inexpresiva forma de mirar de los elfos, diría que parecía algo turbada. Mientras pensaba en esto, la joven le ofreció un cojín para sentarse, una cesta de fruta, y un delicado vino élfico. La muchacha, que hablaba con mucho acento, se presentó como Pytië. Tras entregar las viandas, hizo otra reverencia, y se marchó, antes de que Johann pudiera siquiera darle las gracias, o darle la mano. Decidió probar alguna de las frutas extrañas que le habían ofrecido, y se encontró con un sabor muy amargo.
-Esa fruta debe pelarse antes de comerla -dijo la voz de un elfo, proveniente de otra habitación. Al cabo de un instante, un elfo alto, de pelo rubio, y profundos ojos azules. Vestía de color gris y azul, con una túnica decorada de forma sencilla, pero lujosa. Como la propia casa, denotaba tanto buen gusto, como opulencia.
-No tengo un cuchillo.
El elfo sacó una daga, aparentemente de la manga, y se la puso cerca del cuello. Luego, con un movimiento rápido de manos, se la tendió.
-Uuh... gracias.
-Bueno, dime entonces quién eres, y a qué has venido.
-Mi nombre es Johann Holzmann, y soy abogado. Pero ahora mismo, vengo en nombre de Angus Haroldson. Tiene usted algo que al señor Angus le gustaría comprar.
-¿El pequeño Angus quiere algo de mí? Vaya, eso sí que es una sorpresa.
-¿Pequeño Angus? ¿Qué quiere decir? ¿Angus fue joven alguna vez?
-Claro, y yo era su maestro. Yo le enseñé a leer y escribir.
Johann apenas había valorado el alcance de la (aparentemente) infinita longevidad de los elfos. Aquel hombre parecía no tener más de unos treinta años. Sin embargo, por sus palabras, bien podría tener más de ciento cincuenta. Quizá incluso varios siglos. ¿Cómo podía alguien vivir tanto tiempo, y recordar todo aquello que había vivido? Parecía inconcebibile.
-Necesito un compendio de derecho élfico. La compilación de las costumbres de su pueblo a la hora de juzgar a un prisionero.
-¿Y te crees digno de poder usar ese conocimiento?
-¿Cómo sabe que es para mí?
-Cuando te presentaste, dijiste que eras abogado. ¿Por qué un Angus querría un compendio de derecho élfico? Lo conoce más que de sobra.
Johann no podía salir de su asombro. Se anotó mentalmente hablar de eso con Angus.
-Bien, me ha cogido -dijo Johann sonriendo de forma condescendiente-. Necesito ese libro, pero es por una buena causa... para su pueblo. Un elfo está a punto de ser condenado a muerte.
Algo ensombreció el rostro del elfo.
-Entiendo. Tendrás tu libro. Dame tan sólo unos minutos para encontrarlo.
El elfo se levantó y abandonó la estancia, tan sigilosamente como había entrado, dejando tan sólo el sonido del agua fluyendo de la fuente como única compañía de Johann.