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miércoles, 6 de julio de 2011

El Agente: Archivo #028 - El cazador cazado


Fritzl tosió, y recogió sus gafas. Las limpió con un pañuelo que sacó de su chaqueta. Estaban llenas de polvo, y tenían un rayazo en las mismas, provocado por la caída. No obstante, eso se convirtió en el menor de sus problemas cuando la mujer rubia que había venido a buscar se encontraba apuntándole con una pistola. En la otra mano tenía un extraño aparato. Parecía un mando a distancia de construcción casera. El detective, Clive, creía recordar que se llamaba, apareció poco después. Estaba igual de cubierto de polvo y de magulladoras que Helen. No obstante, parecía que la peor parte se la había llevado él. ¿Cómo podía ser? Recordaba una explosión unos pocos segundos antes, el dolor... un dolor tan intenso que parecía que los ojos fueran a salírsele de las cuencas, que cada partícula de su cuerpo fuera a desintegrarse en una explosión atómica. Pronto entendió lo que ocurría. Le habían hablado de ello durante su formación como sintonizador.
-Los sintonizadores sois especialmente sensibles a las corrientes electromagnéticas. Por eso fabriqué un dispositivo emisor de una potente onda. Como ves, mi casa no ha sufrido más daños que los causados por tus hombres. Por lo que por cierto, pagaréis bien caro. Ahora dime, ¿qué es lo que queréis de mí? Ya no trabajo para la Corporación. Es más, no trabajo para nadie, salvo tal vez para mí misma. Ellos te han enviado aquí. Sabía demasiado, supongo. Pues te equivocas: no sé una mierda. Así que espero que tú empieces a cantar, y pronto.

Le dolía muchísimo la cabeza. Era como una resaca, pero mil veces peor. Le costaba moverse, y a duras penas consiguió sentarse. Pero lo hizo. La mujer siguió apuntándole, y hablando.
-¿Le ha enviado mi padre? Él sabe de sobra que no quiero verlo. Sabe de sobra lo que opino de lo que hace... En realidad, creo que le han hecho una encerrona, Fritzl. Ahora es mi prisionero, y no dudaré en hacer lo que sea necesario para saber dónde está Kevin y qué han hecho con él. Ni siquiera un escuadrón con sus mejores hombres ha sido capaz de capturarme, pero imagino que no tardarán en venir más, ¿verdad?

Entonces el detective apuntó hacia la mujer.
-En realidad, no ha sido al señor Fritzl a quién su padre ha enviado, señorita Rhinehart. Ha sido muy considerada al salvarme la vida, pero tengo un trabajo que hacer. Ahora, deje el arma en el suelo, muy despacio.

La mujer obedeció. Fritzl no pudo contener una mueca de ironía. Buscó con la mirada su sombrero y alargó el brazo para cogerlo. El detective se movió con rapidez para apuntarle. Fritz se quedó quieto, con la mano extendida, y con cara de fastidio.
-No le he dado permiso para moverse, Fritzl. Usted también viene. Sospecho que los gnomos para los que trabaja mostrarán mucho más interés en pagarme si le mantengo retenido.

El detective sacó su teléfono móvil, y se percató de que las interferencias causadas por la explosión electromagnética de Helen impedían que recibiera señal. Tendría que esperar un rato hasta que la señal se aclarara de nuevo. Mientras tanto, había algunas cosas que quería saber.
-Ahora quiero que respondáis algunas preguntas. Quiero saber en qué clase de fregado me habéis metido. Empieza tú, Fritzl. ¿Qué es la Corporación?
-Sé que son una organización antigua, aunque no sabría precisar cuánto. Su objetivo es controlar la paratecnología, y monopolizar su difusión.
-¿Paratecnología? ¿Qué diablos es eso?
-Tecnología que no ha sido creado en este mundo.
-¿Quieres decir que se trata de una especie de conspiración alienígena?
-No, que yo sepa. Todos los miembros de la Corporación que conozco son humanos. Aunque podría ser que solo usaran agentes humanos en las Tierras...
-¿Tierras? ¿Quieres decir que hay más de una? En fin, prefiero no saberlo. Señorita, ¿sabe usted algo más? -dicho lo cual pasó a apuntarla a ella. Fritz cogió su sombrero y comenzó a quitarle el polvo. Clive le miró con desprecio, pero siguió apuntando a la joven-
-No defiendo la Corporación, pero si me vas a llevar ante mi padre, pregúntale a él.
-Te estoy preguntando a tí, ahora.
-Mi padre no es ningún alienígena. No hay ningún alienígena en la Corporación.
-Las armas que usaban esos tipos... no existe en este mundo, que yo sepa. No sé de dónde la han sacado, pero nunca había visto nada similar. Y no se trata solo de las armas... todo su equipo es extraño. Parecen sacados de un videojuego.

Fritzl tomó la palabra:
-No son producto de ningún videojuego, aunque es verdad que algunos han sido con la finalidad de acostumbrar a los niños y jóvenes a usar armas que en el futuro serán comunes.
-Vale, supongamos que me trago todo eso: armas futuristas, teletransportación, una conspiración... ¿por qué actúan de esa forma? ¿por qué no dejar que esa... paratecnología sea libre y ya está?
-Herr Thomson, el mundo del que yo procedo fue arrasado por la irrupción sin control de la paratecnología. Los británicos casi destruyen Nueva York con ella. Y ha habido muchos más incidentes provocados por ella durante la guerra.
-Así que ahora resulta que esos tipos son los buenos de la película. Esa sí que es buena. Sin embargo, ellos la utilizan, ¿no es verdad? Usted fue enviado por la Corporación Rhinehart, y sus hombres utilizan esa paratecnología. No me parece que me esté contando la verdad, Fritzl.
-Me temo, Herr Thomson, que nadie sabe la verdad sobre la corporación. Nadie, salvo una persona. Y esa persona murió sin dejar rastro de su investigación.

Helen cayó en la cuenta. El abuelo de Kevin había sido quien destapó el secreto de la verdadera identidad de la Corporación. Por eso la caja era tan importante. ¿Sabría Kevin que ella era hija de Franklin Rhinehart? Si lo sabía, nunca lo había aparentado. No, cuando sacaron aquella caja del almacén de Caborca, ambos trabajaban para la Corporación. Por lo tanto, alguien estaba saboteando la organización desde dentro. Alguien que sabía que solo Kevin podría abrir la caja. ¿Quién le había encargado aquella misión? Aunque odiaba admitirlo, solo había una persona que podría contestar a esa pregunta: su padre, el Dr. Franklin Rhinehart.

Si Clive se percató de lo que Helen estaba pensando, no dio muestras de ello. En lugar de eso, encendió un cigarrillo. Lo cual habría sido muy estúpido, puesto que estaba ante una mercenaria altamente entrenada en combate con y sin armas, y un psíquico capaz de freírle el cerebro en cuestión de segundos. Bien, Helen no estaba segura de lo segundo, pero el hecho es que Fritzl no hizo otra cosa. No se movió del suelo en donde estaba sentado. Ella tampoco se movió de su sitio. Cuando terminó el cigarrillo, echó la colilla en el suelo, y volvió a mirar su teléfono móvil. Con una mueca de satisfacción marcó un número:
-Buenos días, señor. Tengo una oferta de dos por uno para usted.

viernes, 18 de marzo de 2011

El Agente: Archivo #027 - El Regreso



Kevin se percató entonces de lo que significaba aquéllo en lo que había estado pensando. Si en aquél lugar estaba viviendo su otro yo de este mundo, entonces eso significaba que debía ser un Punto Schröedinger. Si traía a Gillian aquí, ambos podrían volver a su mundo, al fin. Después de todo, seguía resentido con Sentinel por haberlos traído aquí casi a la fuerza. Aunque les salvaran el trasero de ser capturados por la Corporación, eso no significaba que ser arrastrado a otra dimensión fuera de su gusto.

Mientras pensaba en todo ello, un grupo de personas se agazapaba en el exterior. Kevin no los oyó hasta que fue demasiado tarde, y alguien dio una patada a la puerta, y entró. Kevin no pudo sino quedar paralizado por el asombro: se trataba de Helen... solo que había algo distinto en ella. La mujer alemana lo apuntaba con una pistola de diseño extraño. Vestía con un uniforme negro, sobre el que vestía un abrigo negro. La banda con el emblema nazi puso a Kevin sobre alerta: aquella mujer no era la Helen que conocía, era la Helen de este mundo. Y en este mundo... su ex-novia era una oficial de las SS. Levantó las manos, y trató de serenarse. Incluso sonrió. "Qué ironía", pensó. Decidió hacerse pasar por su yo de este mundo. Si averiguaban que Sentinel los había traído de una Tierra alternativa, podía meterse en graves problemas. No había visto fotos de los dos en el apartamento, así que podía deducir que en este mundo, Kevin y Helen no se conocían mutuamente. Sin embargo, confiaba en que lo que conocía de la joven le sirviera de utilidad:

-Buenos días, señorita. ¿Puedo invitarla a un café?
-No se haga el tonto conmigo, agente Gómez. El hecho de que pertenezca a la Companía no le va a servir de gran cosa esta vez. Tiene que venir con nosotros.

Malas noticias. Malísimas. ¿Qué quería decir con "La Compañía" ¿Se refería a la Corporación? ¿Era posible que existiera también en este mundo? Peor ¿Es posible que fuera la misma en este mundo? Eso explicaría algunas cosas, pero abría todavía más interrogantes. Resultaba bastante frustrante que con cada respuesta, aparecieran nuevas preguntas. Pero últimamente, venía siendo su pan de cada día.

Acompañó a la mujer con mala gana. Le pusieron unas esposas. La mujer se dirigió a otro hombre que vestía de forma similar a él, que estaba sacando algo de un maletín.
-¿Está preparado el inhibidor? Inyéctaselo cuanto antes. Las mediciones indican actividad parasincrónica en este lugar. Aunque el FBI no quisiera confirmarlo, estamos en condiciones de afirmar que este sujeto es un sintonizador.

Tenía que ser una broma. ¿Él, sintonizador? Era Gillian la que había mostrado las habilidades de sintonización, no él. No obstante, eso explicaría muchas cosas. Siempre pensó que su abuelo era el responsable de que entrara en la Corporación porque era un Agente, pero si él era un sintonizador, todo cobraba más sentido. Algo había oído sobre cierto carácter hereditario de las habilidades de sintonización, pero no había tenido ninguna pista que indicara que tenía alguna clase de habilidad especial. ¿Podía ser su talento innato para la tecnología ser considerada como sintonización? No había forma de saberlo de inmediato, pero en ese caso existían más clases de sintonizadores de los que Sentinel conocía, o les había querido revelar.

En cuanto le inyectaron la sustancia que llamaban "inhibidor", perdió lentamente la consciencia. Sin duda se trataba de un inhibidor de las habilidades de sintonizar, pero debía tener alguna clase de psicotrópico que le estaba anulando las capacidades cognitivas. Unos segundos después de pensar en eso, había caído en un profundo sueño.

viernes, 23 de abril de 2010

The show must go on

Pero creo que esta semana no va a poder ser. No obstante, no quiero dejar de poneros al tanto de las próximas novedades. En primer lugar, quiero continuar con "La Leyenda del Prisionero". Aún quedan muchos -muchísmos- enredos e impresionantes vueltas de tuerca en este thriller épico-fantástico-judicial. Está pendiente relatos de mis viajes a Füssen, a Viena, y tal vez el de mañana a Würzburg. Tal vez dedique una entrada entre medias a Ingolstadt y Munich, todavía no lo he decidido. Además, quiero seguir con artículos sobre el Panopticon (es que tiene mecha para rato) y sobre otros temas de actualidad. Y no puedo dejar de anunciar que muy pronto continuaré con la historia de "El Agente", y tal vez comience a publicar otra historia, que comencé a escribir hace tiempo. De hecho, publiqué el comienzo en su día, pero luego lo borré porque creí haber perdido el archivo. Pero no. Por suerte, guardaba una copia de seguridad por ahí. He intentado publicarla hace un rato, pero parece que Word y Blogger no se llevan bien, y no consigo importar el texto sin formato. Y cuando lo hago con formato, Blogger se enfada y no me deja publicarlo. Con lo cual, queda en el cajón de los planes de futuro. Finalmente, estoy pensando en subir algunas historias cortas sobre el mundo de "La Leyenda del Prisionero", a modo de non sequitur, para ir retratando un poco ese pequeño mundo que vive en el interior de mi cabeza.

Creo que lo difícil va a ser escoger qué publicar...

jueves, 4 de marzo de 2010

El Agente: Archivo #026: Dreißig Sekunden



30: Clive cogió el fusil.
29: Helen corrió hacia el panel de seguridad.
28: Un soldado enemigo se trabó en la alambrada.
27: Fritzl enciende un cigarro.
26: El fusil está montado. En la guerra, tardaba tres segundos.
25: Helen abrió las jaulas de los perros desde el control remoto.
24: Fritzl gritó algo al grupo de soldados que entraba por el norte, señalando a los perros.
23: Clive empezó a subir las escaleras.
22: Helen abrió la trampilla de la despensa.
21: El soldado trabado en la alambrada pudo ver la muerte en los ojos del perro que saltó a su yugular. Aunque pasó un solo segundo, pudo ver toda su vida pasar ante sus ojos. Como creció en una Alemania destruida por los soviéticos, cómo su gobierno se rindió ante ellos, y accedió a que sus tropas dirigieran la reconstrucción del país. Como se alistó al cuerpo de policía, y pasó varios meses de instrucción. Como en la ceremonia de graduación, uno de sus compañeros se detonó a sí mismo, y se llevó consigo a la mayor parte de aquellos que había conocido. Todo por el sueño de un "mundo libre, donde las personas puedan ser dueñas de su trabajo", como dijo el líder terrorista en un comunicado al día siguiente. Como su país se desmembraba más, en lugar de reconstruirse. Como le comunicaron que podría formar parte de un "comando de élite", para operaciones especiales "en el extranjero". Y como iba a morir, lejos de su hogar, por el sueño de un mundo libre de los pérfidos capitalistas que financiaban la destrucción de su país, en un mundo lejano.
20: Fritzl maldijo con su fuerte acento suizo. Eso atrajo la atención de Helen, que seguía en la cocina. Aunque fue sólo un segundo, recordó que Fritzl había comentado en alguna ocasión que había crecido en los Alpes.
19: Clive llegó arriba, y buscó donde poder colocarse.
18: el compañero del soldado caído, acabó con el asesino de su compañero, con su cuchillo de combate. Fue una suerte que decidiera llevarlo, pero él sabía que en toda misión, un cuchillo es fundamental, no sólo para el combate cuerpo a cuerpo. Su amigo era un tanto novato, y lo había pagado con su vida.
17: Helen sacó el "ingenio" en el que llevaba tiempo trabajando, para cuando llegase la ocasión. Tan sólo unos segundos más y...
16: Clive dio un codazo a una ventana, y observó por ella. Cuatro a las doce, tres a las cinco. Un fusil, un cargador. Poco tiempo. Mal asunto. Así es la guerra. Pero, ¿cuándo se alistó para ella?
15: Helen conectó el aparato a la red eléctrica de la casa, y empezó a programar la cuenta atrás.
14: El grupo Alfa comenzó a cortar la alambrada norte. Entonces, uno de ellos cayó derribado de un disparo. Jefe Oso gritó "¡A cubierto, francotirador!¡A cubierto, francotirador!"
13: "Mal número si no crece", dicen en Galicia. Aunque no tiene nada que ver con nuestra historia, es lo que pensó Kevin en aquél momento, cuando miró su reloj.
12: Helen oyó un segundo disparo, y se sintió agradecida de que ese tipo hubiera venido, aunque lo hubiesen usado como cebo vivo.
11: Fritzl gritó algo al grupo Beta, que había acabado ya con los perros. Jefe Tigre señaló hacia la ventana, y dió una orden a sus hombres.
10: ¡Cuenta atrás conectada! Tan solo diez segundos y...
9...
8...
7...
6...
5... Clive maldijo su suerte, cuando vio que un par de soldados había entrado en la casa. Gritó a Helen "¡Están dentro!" Al mismo tiempo, uno de los enemigos tiró una granada al interior, y gritó "¡Fuego en el agujero!"
4... Helen oyó la explosión en el interior de la casa, y dijo "Ahora os vais a cagar", mientras que gritó al detective "¡No hay más tiempo, nos vamos, nos vamos!"
3... Clive tiró su fusil, y comenzó a bajar las escaleras.
2...
1... Helen y Clive se abrazaron justo cuando un pitido anunció la ignición inminente...
0... ¡¡¡BOOM!!!

TO BE CONTINUED

sábado, 20 de febrero de 2010

El Agente: Archivo #025: Pisadas en la nieve



Helen se movió silenciosa cuando oyó pisadas en la nieve. Llevaba ya un tiempo en aquella casa de St. Moritz, escondiéndose del mundo. Sin embargo, sabía que tarde o temprano la Corporación enviaría a alguien a buscarla, si es que no lo hacía el propio Herr Fritzl. Por eso, estaba bien preparada. Su casa podría resistir el ataque todo de un pelotón enemigo, si sabía que se dirigían hacia allí.

Pero, según pudo ver a través del sistema de videovigilancia que había instalado hábilmente oculto en el bosque que rodeaba la casa, un sólo hombre, con una maleta, con abrigo y sombrero negros, era el que se acercaba. Sus datos biométricos no correspondían con nadie de la Corporación, así que podría ser o bien un hombre de Fritzl, o bien un agente libre. Decidió que merecía la pena darle un voto de confianza, aunque por si acaso, cogió una pistola automática, y la pegó con cinta americana bajo la mesa de la cocina, que estaba al lado de la puerta.

Al cabo de un rato, el extraño llamó a la puerta. Ella abrió la mirilla, y preguntó en alemán, con su cortante acento bávaro:
-¿Quien es usted? ¿Y qué quiere?
-Mi nombre es Clive Thomson. He venido desde muy lejos para hablar con usted, señorita Rhinehart. -El individuo hablaba en inglés, con acento del medio-oeste.
Cambiando al inglés, le respondió, mientras abría todos los candados de seguridad de la puerta.
-Pase.

El individuo se quitó el abrigo y el sombrero, y los colgó en el colgador que había al lado de la puerta. Helen se mantuvo al otro lado, apoyada en la mesa. Un movimiento en falso, y en pocas décimas de segundo el hombre estaría muerto en el suelo. No hizo ningún amago de sacar ningún objeto, aparte de un bloc de notas y un bolígrafo.

-¿Es usted policía? -Dijo Helen.
-No. Detective privado. Me han dicho que usted estuvo en cierto hotel de Memphis hará cosa de unos meses.
-Si es tan vago en los detalles, mucho me temo que no pueda ayudarle.

El individuo se llevó la mano al bolsillo. Helen bajó la mano para ponerla cerca del arma bajo la mesa, pero la retiró cuando el hombre extrajo un papel doblado del bolsillo de su camisa. Lo abrió, y le enseñó una ficha de hotel, que mostraba los datos de una mujer mejicana.

-No conozco quién es esa mujer.
-Pues la recepcionista del hotel la ha identificado con usted, en un vídeo de seguridad del hotel. ¿Qué tiene que decir al respecto?

Helen cayó en la cuenta. No había borrado su rastro. Las cintas de seguridad. Ahora estarían en un servidor seguro. La recepcionista, en un programa de protección de testigos. En pocas palabras, estaba en un problema. Podría limpiar el rastro, pero sería a costa de más violencia, que implicaría borrar más huellas, en un interminable efecto bola de nieve. Podría pedir a Fritzl su colaboración, pero seguramente implicaría endeudarse con él, más todavía de lo que estaba. Tampoco era una opción viable. Tenía que pensar en algo, rápido, pero la mirada penetrante del detective sugería que debía responder, y pronto.
-Muy bien, soy yo. Lo admito. Usé un pasaporte falso que compré a la mafia mexicana. ¿Y qué?
-Pues que estás en un buen lío. Tenemos arma homicida, huellas dactilares, y un testigo de referencia. Sin embargo, puede que puedas librarte si...

Entonces ambos oyeron el estruendo. Como el sonido de un trueno, pero entrecortado y prolongado, como si se oyese por una radio vieja en una emisora distante. Helen lo reconoció enseguida. Sólo lo había oído una vez en su vida, pero era un sonido inconfundible. Inmediatamente se puso alerta. Miró al detective y preguntó:
-Cuando le mandaron aquí, ¿le inyectaron algo? ¿Le implantaron algún chip?
-Me dijeron que me colocarían un chip, pero me negué. No soy un perro.
-¿Y te dieron algo de beber?
-Bueno, sí. Me ofrecieron una copa. Y la verdad, en aquella sala hacía un calor de narices. Así que acepté, y nos prepararon unos cócteles. Un poco ácido para mi gusto, pero estaba bueno.
-¡Maldito idiota!¡Scheiße! ¡Era un isótopo, para poder rastrearte por satélite! Ahora un pelotón de soldados de choque deben haberse teleportado en las cercanías.
-¿Lo qué?¿Teleportado?¿Qué se ha fumado, señorita?
-¿Sabe manejar un arma automática?
-Sí, pero...
-Muy bien, debajo de esas tablas hay una caja con dos M-16, una mira telescópica, y munición abundante. Suba al piso de arriba y derrible a cuantos enemigos pueda. Ah, y procure que no le den con los railgun que portan. Podría ser lo último que haga.
-¿Pero qué diablos?¿Me puede explicar lo que está pasando?
-Creo que alguien ha decidido que valgo más muerta que en manos de su cliente, señor Thomson. Lamentablemente, les va a costar muy caro. Vamos a darles una buena paliza.
-¿Vamos?
-A menos que que quiera perder su dinero, y tal vez su vida, señor Thomson.
-Sabía que no era una buena idea aceptar aquél maletín...

lunes, 8 de febrero de 2010

El Agente: Archivo #024 - Kevin busca a Kevin




Tras los primeros días, Hiresh había enseñado a Kevin lo básico para sobrevivir en Nueva York. Había encontrado bastante util la experiencia de Kevin con la navegación, y pronto un pequeño barco con una vela se convirtió en su medio de transporte. Silencioso, bogaba a contra el viento. Lo pintaron totalmente de negro, con una pintura plástica que lo hacía invisible al radar, para que los helicópteros de vigilancia no pudieran detectarlos por radar.

Evadir las patrullas de tierra no era tampoco fácil. Sin embargo, Nueva York era un enorme esqueleto podrido de elefante en el que Kevin y Hiresh no era mayores que dos termitas. Se colaban por atajos, túneles subterráneos de metro abandonados, y alcantarillas en desuso. El olor a húmedo y a podrido, y el ataque ocasional de alguna alimaña compensaba sobradamente la posibilidad de afrontar a las brutales brigadas de la Policía Americana, que el gobierno provisional de Ohio había organizado.

Hiresh le explicó que, tras el ataque a Canadá a principios de los cuarenta, EE.UU. había resultado muy dañada por las armas paratecnológicas del Imperio Británico. A consecuencia de ello, el presidente Lindbergh había impuesto un severo régimen nacionalsocialista a imitación del alemán. El Pacto de Hierro había ganado la guerra contra los aliados, pero el coste había sido terrible. Millones de americanos murieron, y los que sibrevivieron debían vivir confinados en ciudades subterráneas. Los soviéticos, convenientemente, se habían ofrecido a actuar como "fuerza de interposición neutral" entre Aliados y Eje, pero se habían cobrado conquistando buena parte del territorio tanto americano como canadiense. Para cuando el siguiente presidente, Harry Truman, quiso hacer algo, era demasiado tarde. Ahora los soviéticos dominaban el mundo, y ni siquiera la otras dos potencias mundiales, Gran Bretaña y Alemania, podían hacerles frente unidas. Ahora los soviéticos se negaban a reconocer el pequeño estado de Nuevo Manhattan porque estaba controlado "por una organización terrorista", y el nuevo gobierno títere de los EE.UU., había mandado sus fuerzas de tierra para establecer el estado de sitio sobre la isla. Desde su bases operativas en Quebec y en Cuba, los soviéticos controlaban tanto la bahía de Hudson como el Atlántico occidental. Con lo cual, los habitantes de Sentinel estaban solos.

Finalmente, llegó el día en el cual Kevin puso en marcha lo que había planeado desde el principio. Un día que sabía que Hiresh estaría ocupado, salió si decirle nada a nadie. Ni siquiera a Gillian, que seguía con su agotador entrenamiento. Se abrigó bastante, porque el invierno comenzaba a acercare, y de hecho, en el exterior estaba nevando. Tomó su velero, y se dirigió a la costa, mientras aún no amanecía. Atracó en una zona bastante tranquila, y se dirigió hacia el Spanish Harlem. A aquellas horas, apenas había vigilancia, más allá de la costa. Se aprovechó de ello, para colarse por una alcantarilla de las que daban a la bahía. El túnel estaba oscuro y olía a viejo y a húmedo. El agua ya no corría por allí, salvo la que caía de la lluvia, o la nieve que se derretía. Mezclada con la suciedad de la alcantarilla, formaba un barro maloliente. Sin embargo, en aquellas semanas se había acostumbrado a aquel olor, y además, no tendría muchas ocasiones como aquella.

Le costó un poco encontrar el lugar que buscaba. Orientarse por debajo de las calles es mucho más difícil de lo que parece. Al fin y al cabo, no hay señales que indiquen por donde vas. Por eso, un mapa del alcantarillado era una de las posesiones más preciadas de un recolector como él. Cuando por fin llegó al lugar señalado, subió a la calle. No había nadie por la zona, así que comenzó a recorrer las calles con precaución, mirando al cielo de cuando en cuando, pues los helicópteros silenciosos de vigilancia podrían pasar en cualquier momento. Siempre que pudo, entraba en los edificios y caminaba por entre los escombros de la Manzana Podrida, como llamaban otros recolectores a lo que antaño fue la capital del mundo.

Y, tras casi dos horas de camino, llegó al lugar que estaba buscando. Sacó sus llaves del bolsillo, las cuales encajaron con cierto esfuerzo, pues la cerradura parecía que había sido forzada. El ascensor hacía años que había dejado de funcionar, así que subió las escaleras, con una mezcla de excitación y miedo a lo que se iba a econtrar. Un gato salió corriendo, saltó por delante de él, y se encaramó a una cornisa. Desde allí, se quedó mirando como Kevin seguía subiendo las escaleras, en un interminable camino, que lo llevaba hacia el cielo. Finalmente, llegó a su planta, y se dirigió a la puerta de la izquierda. Sacó de nuevo sus llaves, y, de nuevo, funcionaron, para su sorpresa. Cuando entró, no pudo quedar más asombrado. Todo estaba tal y como lo había dejado, pero parecía como envejecido. "No he pasado por aquí en varios meses, después de todo... O bueno, por el lugar que se corresponde con este en mi mundo." Se echó en el sofá, pues estaba exhausto, y pensó en lo irónico que resultaba estar a la vez tan cerca y tan lejos de su propio hogar.

lunes, 25 de enero de 2010

El Agente: Archivo #023 - Un día de perros



Clive Thomson guardó su paraguas, se metió en una cabina, sacó su bloc de notas, y levantó el teléfono, para marcar el número de su cliente. Hacía un día de perros. A Clive no le molestaba la lluvia, pero fumar resultaba complicado cuando llueve, y no fumar le ponía de pésimo humor. Esperó. Debía dejar el tabaco. "Cuando termine este caso, -se decía siempre-, me tomaré unos días, y entonces lo dejaré". Pero siempre venían las facturas, y siempre debía empezar con otro caso. El teléfono siguió sonando. "Bueno, tal vez esta vez tenga suerte y pueda al menos ver algo de mundo, aunque sea por cuestiones de trabajo". Se oyó cómo el teléfono se levantaba. Una voz grave, artificialmente deformada por algna clase de filtro computerizado, surgió del otro lado de la línea.
-Buenos días, señor Thomson.
-¿Cómo puede saber qué soy yo?
-Lo sabemos todo sobre usted, señor Thomson. Dígame, ¿por qué me ha llamado? Tengo una reunión en cinco minutos.
-Bien, entonces seré breve. He podido rastrear a la asesina hasta Berna. Sin embargo, no podré seguir i investigación salvo que me desplace hasta allí.
-Muy bien, pues hágalo.
-Se lo sumaré al importe de las dietas. Se lo aviso.
-El dinero no tiene importancia, señor Thomson. Haga lo que sea necesario. Vaya tan lejos como necesite. Pero tráigame a mi hija de vuelta.
El extraño colgó el teléfono.

-No me dijo que la persona que estoy buscando es su hija. -Dijo Clive a la línea muerta.
Colgó, con mal humor. Odiaba cuando los clientes le ocultaban información. Sacó su tabaco, y se encendió un cigarrillo. Salió de la cabina, y sacó su paraguas. Un hombre de edad avanzada le increpó mientras se metía en la cabina, y protestaba por el humo. Lo ignoró. Se dirigió a su cafetería favorita, y pidió un capuccino. El camarero lo saludó, y dijo algo sobre el tiempo.
-Un día de perros, ¿verdad?
-Lo peor no es que haga mal tiempo, es que el tiempo corre, y no sabemos cuánto nos queda para que la carrera termine.
-Tanto como usted se proponga. Al fin y al cabo, la tortuga venció a Hércules, ¿no es verdad? -dijo el camarero, con una sonrisa que parecía forzada.
-Tiene usted toda la razón.

Clive se relajó y decidió que mañana tomaría un vuelo a Suiza. Hoy, sin embargo, era un buen día para descansar, y reflexionar. Cada respuesta que se encontraba, daba lugar a nuevas preguntas. Había algo en todo aquello, que no olía bien. ¿Qué podía haber hecho su cliente, como para que su hija matara a sangre fría para no verlo de nuevo?

lunes, 11 de enero de 2010

El Agente: Archivo #022 - Un mundo diferente



En aquellos días, Kevin tenía pocas ocupaciones. Les habían cedido un apartamento para vivir, y aunque pequeño, era suficiente para ambos. Kevin no estaba seguro de si le gustaba o no la idea de vivir con Gillian, pero en cualquier caso, Sentinel no había mostrado otra alternativa. En cualquier caso, Gillian pasaba casi todo el día en su entrenamiento como "sintonizadora", así que apenas la veía. Como resultado, Kevin se sentía muy solo: abandonado en un mundo extraño, diferente.

John le había sugerido que visitase la biblioteca de Nuevo Manhattan, y se pusiera "al día" con la historia de Sentinel y de aquél mundo. Kevin visitó la biblioteca, y aunque hojeó algunos libros de historia, pronto encontró otro pasatiempo: comentar con Caitlin, la bibliotecaria, las diferencias entre los libros de ambos mundos. Entre susurros y tazas de café, ambos pasaban horas cuchicheando sobre el argumento de tal o cual libro. A veces, Kevin se encontraba con que algunos autores que eran clásicos de su mundo, aquí apenas eran conocidos, mientras que otros de los que nunca había oído hablar, eran verdaderos ídolos.

Caitlin era mayor que Kevin, tendría unos treinta años, era pelirroja, y tenía vivos ojos verdes. Vestía de corte bastante clásico, pero ella dijo que era porque últimamente era complicado encontrar unos buenos vaqueros. Los soviéticos, con su embargo, habían hecho que su precio se pusiera por las nubes. A menudo, escaseaban algunos bienes. Un mes eran los vaqueros, al siguiente las zapatillas deportivas. El siguiente quizá fuera el chocolate, o la cerveza. Nada que pudiera poner en peligro su superviviencia, pero que perjudicaba la moral de los habitantes de la pequeña ciudad-estado isleña.

A veces, claro, Caitlin tenía trabajo que hacer, y entonces Kevin lo aprovechaba leyendo, o buscando algún libro para comentar. Fue en uno de esos paseos, que se dio cuenta de que la biblioteca realmente tenía importantes carencias. Más tarde, cuando Caitlin se deslizó silenciosamente como una gata por entre las estanterías, hasta donde él estaba, y le tocó suavemente en el hombro, cuando se le ocurrió que quizá podía hacer algo para ayudar. Se lo comentó. "Quizá puedas hacer algo", dijo ella en un susurro. Con una sonrisa zalamera, se lo llevó hacia el almacén de la mano. "Esto se pone interesante", pensó Kevin, cuando ella, con la misma sonrisa, le dijo que lo esperara allí unos instantes.

Por lo que había entendido, los habitantes de Nuevo Manhattan (y de los otros Estados americanos, en general) habían desarrollado cierto temor al exterior. Por ello, sólo unos pocos se atrevían a visitar las ruinas de la "Vieja Nueva York", en busca de artículos de utilidad, que aún podían encontrarse, si uno buscaba lo suficiente. Había oído que existían equipos de "recolectores" que se aventuraban al exterior, para buscar toda clase de cosas, que luego vendían en los mercadillos de la ciudad subterránea. Kevin pensó que, con su conocimiento de la ciudad en la que había vivido en los últimos meses, tal vez podría encontrar libros para la biblioteca. Al fin y al cabo, no sabía cuánto tiempo iban a pasar allí, y Kevin se sentía mal pidiendo dinero a John. Sabía que Sentinel cubría sus gastos, pero no le permitían lujos, tampoco. Algo de dinero extra no le vendría mal, pero en realidad, lo que buscaba era una excusa para poder salir al exterior, aunque también para pasar más tiempo con Caitlin.

Caitlin volvió con un individuo joven, moreno, vestido con vaqueros viejos, zapatillas de deporte gastadas, y una cazadora universitaria que perfectamente podría haber sido de su padre. El joven se presentó, con acento hindú, como Hiresh. Caitlin le explicó que Kevin quería convertirse en recolector.
-Se encargará de traer nuevos libros para la biblioteca, ¿no es genial?
-Claro -dijo el joven sonriendo-. Bueno, ¿y por qué se supone que debería llevarte conmigo al exterior?
-Conozco Nueva York como la palma de mi mano. Estuve seis meses viviendo en ella.
Hiresh lo miró confuso.
-¿Seis meses?¿En el exterior?¿Y no te capturaron las patrullas?
-Kevin procede de otra... Tierra. Una recién descubierta. La llaman Tierra-América.
-¿Un mundo dominado por los americanos? Eso sí que es algo digno de oír. Bueno, Kevin, encantado de conocerte. Supongo que la Nueva York de tu mundo y la del nuestro no serán tan diferentes, así que imagino que no te perderás en ella. Estaré encantado de que me acompañes, y me cuentes más cosas de tu mundo. Nos veremos mañana, en la parada de metro de Liberation Avenue,a las nueve. ¡No faltes!

Dicho eso, Hiresh se volvió y se despidió de Caitlin con un rápido beso en los labios. Kevin sintió como si las pesadas estanterías de la biblioteca se hubieran derrumbado encima suyo. Caitlin lo miró con una sonrisa, y le preguntó:
-¿Te apetece una taza de café? Estoy deseando que me cuentes como termina en tu mundo "El guardián entre el centeno". ¿Lo conoces, verdad?

jueves, 24 de diciembre de 2009

El Agente: Archivo #021 - Atypisch Weihnachten



Helen jamás se imaginó celebrar la Navidad en tales circunstancias. El sol se alzaba sobre los Alpes, y las vistas eran espectaculares. Aunque al coste de pasar aquella noche sola, en una tienda de campaña, a más de dos mil metros de altura, la recompensa que el amanecer le ofrecía era tener una visión que pocos humanos jamás experimentarían. Por primera vez desde que se despidió de Kevin en aquel hotel de Memphis, una cálida serenidad invadió su cuerpo. Disfrutó de la belleza que la rodeaba unos instantes más, mientras tomaba su café calentado al hornillo de gas, y se tomaba algunos dulces navideños que había comprado en el Weihnachsmarkt que los lugareños habían montado en el pueblo.

Durante esos momentos, borró de su mente su traumática huida de Memphis, de cómo había tenido que asesinar a aquel agente de la Corporación a sangre fría, antesde que descubriera el peligroso secreto que portaba con ella. Kevin le había confiado la tarea de clasificar y hacer una copia digital de todo lo que contenía la caja que su abuelo le había dejado en herencia. Sin embargo, era el momento de poner aquella información en manos de sus superiores. Recogió los dulces navideños, guardó su thermo de café, y sacó de su mochila el ordenador portátil que llevaba consigo. Tras encenderlo, conectó el modem USB, y estableció la conexión remota con el prodigio de la técnica que la paratecnología había hecho posible.

En algún punto del espacio, en órbita geoestacionaria con la Tierra, se encontraba un satélite de comunicaciones. Sus patrones habían tenido la idea de que si podían enviar a un sintonizador, uno de aquellos misteriosos psíquicos que podían distinguir las distintas realidades paralelas en su más amplio espectro, tal vez podían encontrar un Solapamiento de Schrödinger en la órbita de la Tierra. Colocando allí un satélite... podían comunicarse no sólo con cualquier persona de la Tierra, si no con cualquier persona de cualquier Tierra, si tenía los medios adecuados para recibir el mensaje.

Se conectó al canal de IRC seguro que usaban sus misteriosos patrones. Introdujo su nombre de usuario y clave de seguridad... y esperó.

Al cabo de un rato, entró en la sala de chat un usuario con nickname Fridl99. El canal le asignó el carácter de administrador del mismo.

09:31 Fridl99 >>Feliz Navidad, agente Rhinehart. Espero que tenga interesantes novedades para nosotros.

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¡FELIZ NAVIDAD A TODOS MIS LECTORES!

Como noticias importantes para el blog, me alegra anunciar que próximamente iniciaré una nueva serie de historias, en las que he venido trabajando. Por otra parte, espero que la semana que viene se pueda continuar con mi crónica de Witchcraft, y pueda haber una nueva edición de "Brujería en Varsovia" ¿saldrán nuestros protagonistas de la misteriosa casa encantada?

sábado, 19 de diciembre de 2009

El Agente: Archivo #020 - Nuevo Manhattan



-No hace falta ser un "sintonizador" para darse cuenta de que no estamos en "nuestro mundo". Simplemente echad un vistazo por la ventana.-Dijo Gillian.

Lo que Kevin vio a continuación, le pareció desolador. Vio una ciudad fantasma, prácticamente en ruinas. La vegetación había crecido por doquier, apoderándose de la Gran Manzana. Coches antiguos abandonados y semidestrozados permanecían abandonados en medio de las calles. Hubiera parecido como si el tiempo se hubiera detenido, cincuenta años atrás, de no ser por la vida que ahora poblaba la ciudad. Cuando John detuvo el coche, se bajó, y pudo distinguir, en medio del silencio general, el canto o batir de alas de algún pájaro lejano, algún perro ladrando, y un zumbido lejano, el único sonido artificial. Se volvió hacia John, consternado.

-¿Qué ha pasado?¿Por qué Nueva York permanece en este estado?¿Dónde está la gente?
-Técnicamente, a eso lo llamamos "Alt York", "viejo York", en holandés. Para distinguirlo del "nuevo" Nueva York, que existe en el subsuelo. Tras el ataque británico durante la guerra anglosoviética de los años treinta, el Presidente Lindbergh decretó que no era seguro mantener a la población al aire libre, y se comenzaron a abandonar las ciudades al aire libre, y reemplazarlas por complejos subterráneos, a menudo usando las infraestructuras de Metro. -Dijo John mientras se dirigía hacia una boca de Metro.
-¿Guerra anglosoviética? Y no recuerdo ningún presidente llamado "Lindbergh"... ¿Es el mismo Lindbergh que cruzó el Atlántico en el "Espíritu de St. Louis"?
-El mismo. Bueno, el Lindbergh de este mundo, claro. El Lindbergh de tu mundo fue acusado de ser un radical pronazi, y se retiró de las primarias del Partido Republicano. En este mundo, el ataque británico a la Alemania Nazi supuso un cambio radical de la historia, al menos con respecto a la del vuestro. Aunque en realidad, los acontecimientos que supusieron ese ataque, se remontan muchos siglos atrás.
-Al nacimiento de la paratecnología, ¿verdad? -intervino Gillian.
-Eso creemos. No lo sabemos con certeza, pues los soviéticos no permiten a nuestros investigadores el acceso a sus bancos de información históricos. Y ellos contienen la mayor parte de la información cultural de Europa, previa a la Revolución de Octubre.

Caminaron hacia dentro del Metro. El zumbido se hizo más fuerte, pero ahora iba acompañado de más sonidos. Máquinas, que daban un concierto desacompasado de sonidos mecánicos. Tras un rato, bajaron por unas escaleras mecánicas que no funcionaban. Se encontraron con una máquina que dispensaba billetes de metro. John sacó unas monedas, y pagó billetes para los tres. Continuaron, y llegaron a una vía de metro. Por primera vez, empezaron a ver gente. Algunas personas parecían esperar el metro. Llegó un tren bastante antiguo. Tras un rato atravesando túneles en la semioscuridad, ya que una sola lámpara iluminaba el vagón (y titilaba levemente), se bajaron en una estación que, sorprendentemente, parecía mucho más nueva. Aquí, sí había mucha gente, y todo aprecía limpio, ordenado, y automático.

Avanzaron, y se encontraron con una gran ciudad subterránea, que parecía una mezcla entre una pesadilla de M.C. Escher y el sueño urbanita de Issac Asimov. La ciudad parecía una especie de cono invertido, con diversos niveles circulares. Una especie de "torre de Babel", pero a la inversa. Y la cantidad de gentes de diferentes culturas con las que se cruzaban parecía reafirmar esa sensación. Los distintos niveles se interconectaban con ascensores y escaleras mecánicas. No se veían plantas, ni animales, con lo que la construcción se veía un tanto fría y estéril.

John hizo un gesto con la mano, sonriente, como si fuese un guía turístico mostrando una obra de arte a los conmovidos Kevin y Gillian:
-Bienvenidos a Nuevo Manhattan, ciudad libre, y sede del Cuartel General de Sentinel.

domingo, 13 de diciembre de 2009

El Agente: Archivo #019 - Ojo Experto


El dective Clive Thomson encendió otro cigarrillo. Llevaba veinte años trabajando como detective privado en Memphis, y había visto muchas cosas. No en vano se trataba de la ciudad del mundo con mayor número de esquizofrénicos. La mitad de aquellos individuos eran potenciales clientes suyos. Sin embargo, este caso se ganaba la palma. No le gustaba el aspecto de aquél hombre vestido con traje negro que se presentó en su despacho, pero traía un maletín lleno de dinero, y uno no es de piedra. Y tiene facturas que pagar.

Ahora estaba en aquél hotel, observando el caos que reinaba en la habitación. Una copa con champán derramado en el suelo. La copa estaba manchada de carmín. "Parece que te interrumpieron la fiesta, nena", pensó. Había huellas de zapatos de hombre. Más de un tipo de calzado. "¿Con varios hombres? No, estas huellas parecen más recientes que aquellas". Tres agujeros de bala sobre la cama. "Vale, marido vengativo entra por la puerta de una patada, saca su .38 y dispara a la chica infiel y al amante. No hay sangre, así que el marido no acertó. Y, ¿por donde salieron? Creo que estoy metiendo la pata en algo."

Con cuidado, entró en la habitación y se colocó al lado de la ventana. Miró hacia abajo. "No, habría que estar loco." Entró en el baño. Una ventana que da al patio de luces. "Eureka. Pero, ¿porqué no hay huellas de hombre?¿Y por qué hay otro agujero de bala aquí. ¿Tal vez el amante forcejeó con el marido para quitarle la pistola, mientras que ella huía por el baño, pero luego se zafó, y volvió a dispararle? No. La trayectoria de la bala... procede del baño. Ella le disparó a él."

Se fijó en la moqueta. Había manchas de sangre, casi imperceptibles. "Han limpiado. Aquí ha muerto un hombre, y lo han limpiado. Pero ella huyó por la ventana, y el amante se fue caminando por la puerta. Quizá fue él. O quizá el amante se fue antes de que el marido llegara. La limpieza sugiere entrenamiento y cierta frialdad, y la falta de dispersión indica que el disparo fue certero. ¿Sería una profesional?¿Policía, militar, tal vez?¿O una mata-hari?"

De acuerdo con la recepcionista, la mujer que ocupaba esta habitación tenía acento alemán, aunque usó un pasaporte mexicano. "Falso, con toda probabilidad. Es decir, que tenemos a una fugitiva alemana, suelta por ahí, armada y con entrenamiento militar. Maldita sea, ¿por qué acepté aquél maletín?"

viernes, 11 de diciembre de 2009

El Agente: Archivo #018 - Al otro lado


-¿Porqué nos dirigimos hacia Nueva York? Creía que íbamos lejos. -Dijo Kevin al ver la salida que tomaba John.
-Y vamos lejos, aunque quizá no sea ese el término apropiado.
-¿Qué quieres decir?
-Verás, durante los últimos cien años, tanto Sentinel como la Corporación Rhinehart ha estado experimentando con paratecnología. Hace algo menos de setenta años, se logró un avance totalmente inesperado. El padre del actual Presidente de la Corporación, el científico Franklin Rhinehart, logró un avance sorprendente, que llamó "Solapamiento de Schröedinger".
El coche se metió en un túnel, tras tomar una salida a la izquierda.
>>La realidad, de acuerdo con la teoría de Hawking está compuesta por muchas dimensiones. Sin embargo, nuestro cerebro actúa como un prisma, filtrándolas y separándolas para no volvernos locos con sobrecargas de información. Algunas personas son capaces de "abrir" su mente a esos "espectros dimensionales". Los llamamos "sintonizadores". Ellos son capaces de encontrar los "solapamientos de Schröedinger", lugares en los que distintas realidades alternas confluyen y se mezclan para formar una.
-¿Quieres decir que Sentinel... viene de otra dimensión?¿Que sois un ejército invasor, o algo así?
-No somos invasores, considéranos pacificadores. Nosotros protegemos a las Tierras de las invasiones transdimensionales.
-¿Las Tierras? ¿Hay más de una?
-Hay muchas realidades alternativas. Más de las que podamos contar. Nosotros las mantenemos separadas, para evitar que ocurra lo que pasó en la nuestra.
-¿Qué ocurrió?
-Hubo una guerra. Pronto verás las consecuencias.
Salieron del túnel.
-Bueno, y ahora me dirás que vamos a atravesar uno de esos solapamientos para ir a tu dimensión, ¿verdad?
-En realidad... -empezó a decir John.
-... Acabamos de pasar por uno. -Completó Gillian, dejando a ambos boquiabiertos.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

El Agente: Archivo #017 - Run like Hell



John recogió a Kevin a la salida del hotel, en una berlina color negro, con los cristales tintados. Bajó la ventanilla, y miró a Kevin extrañado.
-¿Dónde está Helen?
-Dijo que no venía. Que no quería formar parte... de esto.
John asintió levemente con la cabeza, y dijo con voz seria.
-Entiendo. Sube al coche, chaval.
Kevin miró una vez más hacia el hotel, como esperando que Helen saliese por la puerta, en ese momento, corriendo a estrecharse entre sus brazos. La puerta giratoria del hotel se movió y... salió un grupod e turistas japoneses. Kevin suspiró, abrió el maletero, dejó allí sus cosas, y entró en el coche. Allí estaba Gillian, que lo saludó sonriente.
-Hola, Kevin. ¿Preparado para el gran viaje?
-¿Gran viaje? -Miró hacia la parte delantera del coche-. ¿A dónde nos llevas, John?
-Más lejos de lo que hayas estado jamás -dijo arrancando el coche, y metiendo la cuarta enseguida.

Helen observaba silenciosamente como el coche se iba, desde la ventana de la habitación. Terminó de empaquetar sus cosas en la maleta que llevaba consigo. Sabía que debía de marcharse de allí enseguida, pero decidió tomarse unos momentos, para reflexionar. Se sirvió una copa del minibar, y se tumbó en la cama.
Las últimas semanas habían sido muy extrañas. Todavía no sabía muy bien qué era lo que le atraía de aquel joven canadiense. Tal vez su tranquilidad, tal vez su tenacidad silenciosa. Tal vez su extraña impulsividad en ciertos momentos... Probablemente un poco de todo ello. Era tan triste tener que dejarlo... Terminó su copa, y se preparó para huir, lejos, tan lejos como pudiese. Correría, hasta que no pudiese más, y sólo entonces se detendría. Y no miraría atrás.

Gillian abrió ligeramente la ventanilla, para dejar que la brisa se colase por ella. Toda su vida había sido un gran viaje. De su Galway natal, en Irlanda, más allá del mar, hasta Vancouver, y luego, al fin a su querida Graceland, el lugar que escogió su madre para criarla. Ahora, se marchaba de su hogar en Memphis, en dirección a lo desconocido. Huía de un lugar en el que se había quedado atrapada, hasta que Kevin llegó con su Caja de Pandora. Sabía que, cuando volviera a verlo, muchas cosas saldrían de la caja que era su propio corazón. Pero tan sólo una predominaría sobre las demás: la esperanza de que volverían a estar juntos.

John conducía el coche, por la autopista, a gran velocidad. Ahora mismo, no pensaba en otra cosa que en sacar aquellos dos chicos de allí. Eran muy jóvenes, pero tenían mucha vitalidad. Era buenos reclutas. Lamentaba enormemente tener que sacudir sus vidas de aquélla manera, pero ¿qué otra cosa podría hacer?¿dejar que Rinehart los destruyese, como hacía la Corporación con todo lo que entraba a su alcance? No podía permitirlo. No, después de lo que habían hecho a su padre. Ellos debían pagar por sus crímenes, y John estaba dispuesto a llegar todo lo lejos que hiciese falta. Y ahora mismo, se dirigían muy muy lejos...

sábado, 14 de noviembre de 2009

El Agente: Archivo #016 - Fugitivos


Gillian y Helen entraron en la clínica en la que se encontraba Kevin, sorprendiéndose al verlo de nuevo vestido, junto con un sujeto alto, rubio, y con maneras de militar al lado. Kevin tenía aspecto huraño. Gillian se adelantó, y abrazó a Kevin, inconsciente al gesto de desagrado de Helen, que se encogió de hombros mirando a Kevin. Éste devolvió el abrazo a la joven irlandesa, mientras decía:
-No tan fuerte, Gil, me haces daño. Aún tengo unas cuantas vendas por el cuerpo.
-Oh... lo siento. Yo... me emocioné. Todo esto es tan extraño...
El hombre rubio de gabardina miró su reloj de pulsera, y miró a Kevin de forma reprobadora. Kevin asintió, y se despegó de Gillian, antes de mirar a ambas con gesto adusto.
-Este hombre, que por el momento se identifica como John Locke, es un agente de una organización de inteligencia independiente, Sentinel, creada por los Aliados Occidentales durante la Segunda Guerra Mundial, dedicada al control de lo que se ha dado en llamar "paratecnología", un tipo de tecnología extremadamente avanzada, creada por una generación de científicos visionarios, a finales del siglo XIX. el régimen nazi intentó apoderarse de ella para dominar el mundo. Aunque los nazis cayeran, la existencia de la paratecnología no cayó en el olvido. Diversas compañías multinacionales y agencias secretas de todo el mundo pretenden hacerse con ella. La Corporación Rinehart es la que más ha avanzado en ese propósito.
-Eso tiene sentido -interrumpió Gillian- Estuvimos viendo la cinta de vídeo, y pude identificar el instrumento que tocaba. Es un theremin, el primer instrumento electrónico. Creado en 1924, por un científico ruso, que tras su exilio a Francia cambió su nombre al de León Theremin.
John asintió, y anotó lo dicho por Gillian en un pequeño cuaderno que sacó de su gabardina.
-Sabemos que Theremin fue uno de los padres de la paratecnología, así como otros, como Nikola Tesla, Robert Oppenheimer, o, el creador de la Corporación Rinehart, el Dr. Franklin Rinehart. La mayor parte de ellos fue reclutados a la fuerza, o utilizaron sus inventos contra su voluntad. La Corporación Rinehart tan sólo es la máscara que camufla una conspiración mucho más antigua. Y los asesinos que han contratado para asesinar a Kevin probablemente están de camino, así que deberíamos irnos de aquí enseguida.

Salieron de la clínica, y Gillian pidió pasar por su apartamento para recoger algunas cosas. Mientras que John arreglaba su "huida", Kevin y Helen tuvieron unos momentos de intimidad, en el hotel, mientras recogían su equipaje. Tras un rato, Kevin se dio cuenta de que algo ocurría. Helen parecía menos "ardiente" que otras veces. Sonrió, y mientras le revolvía su larga cabellera rubia, le dijo:
-¿Qué ocurre, Helen?
-Esa chica, Gillian. Ella está enamorada de tí, está claro. Pero, ¿tú sientes algo por ella?
-Estuvimos juntos hace unos meses. Nos tuvimos que separar. Ella se vino a Memphis, y yo a Nueva York. Intentamos mantener el contacto, pero no funcionó. Sin embargo, no soy un robot. Claro que siento algo por ella. Pero... tú y yo estamos juntos ahora, ¿verdad?
-Lo cierto es que si pretenden reclutarte para esa organización, Sentinel, tendremos que separarnos. Yo prefiero seguir siendo un agente independiente. Te soy más útil de ese modo, ¿no es verdad?
-No es una cuestión de ser más o menos útil. No quiero que te arriesgues por mí. No quiero que la Corporación te haga daño por mi culpa. Ven con nosotros, por favor.
Helen se abrazó al joven, mientras prorrumpía en lagrimas. Kevin siguió mesando sus cabellos, mientras musitaba palabras tranquilizadoras. Aún mientras las lágrimas seguían cayéndole por las mejillas, y Kevin se las limpiaba con el dorso de la mano, dijo:
-Yo... lo siento, Kevin, pero no puede ser. Trabajar como mercenaria tiene sus riesgos, y este es uno de ellos. Me dije a mí misma que no me implicaría emocionalmente en esta misión, y fracasé. Te quiero, Kevin, pero no puedo entrar a formar parte de Sentinel. Te recuerdo que ya trabajé para la Corporación en el pasado, y lo hice consciente de ello. Sentinel no me aceptará, así que es mejor que nos separemos en este momento, antes de convertirlos en mis enemigos. Pero seguiremos en contacto, ¿vale? Te ayudaré a acabar con esos bastardos, incluso si gracias a ellos he podido conocerte.

Se besaron una vez más, con pasión, en un instante que se hizo eterno. Apesadumbrado, Kevin tomó su maleta, y se despidió de Helen, sin saber si la volvería a ver alguna vez.

martes, 10 de noviembre de 2009

El Agente: Archivo #015 - Dazed and confused


Kevin sintió un espantoso dolor de cabeza cuando se despertó. Sintió como si el mundo diese vueltas a su alrededor, y pronto se dio cuenta de que era algo más que metafórico. En las últimas semanas, apenas había parado una noche en un mismo lugar. Todo, desde el fatídico día en que Mr. Gray lo llamó, y le encomendó aquella misión. ¿Por qué? Era evidente que porque era el único capacitado para cumplirla, el único que conocía lo suficiente a su abuelo como para desentrañar la maraña de pistas que había dejado. Luego estaba Helen, aparecida de la nada, y que de pronto se había convertido en el centro de su vida. Y ahora estaba Gillian, a la que creía haber dejado atrás, y de nuevo entraba en su vida...
Y los hombres de negro, que habían intentado matarlo.
La escena todavía se aparecía confusa, en su cabeza. Estaban en el aeropuerto. Estaba presentando Helen a Gillian. De pronto, de la multitud, un hombre, vestido de raje negro, de aspecto anodino, sacó de su equipaje de mano aquél extraño arma, parecida a una pistola de juguete, pero con efectos letales. Disparó un proyectil, que se adhirió a su cuerpo, y sintió como la electricidad recorría todo su cuerpo, hasta que se desmayó.
De acuerdo con los médicos, todo parecía un susto. Tenía quemaduras leves por todo el cuerpo, pero pronto se recuperaría de ellas. Por culpa del golpe, al caer al selo, había sufrido una contusión en la cabeza, que le había provocado una conmoción cerebral. Hacía una hora que se había despertado.
Puso orden en su cabeza. Ésta le respondió con un latigazo de dolor, pero resistió el embite. "Todo esto tiene una explicación, y estoy seguro de que tiene que ver con la caja, y con la Corporación. Ese hombre debía trabajar para ellos. No puedo luchar sólo contra semejante organización. Necesito apoyo. Tiene que haber alguien que luche contra ellos. La Corporación debe tener un enemigo, y ellos son los que necesito de mi bando. Sin embargo, ¿como encuentras el enemigo de alguien que opera en la sombra?"
Aún estaba rebanándose los sesos, cuando un hombre de cabello rubio engominado, unos treinta y cinco años. Tenía nariz aguileña, y penetrantes ojos azules. Tenía la mandíbula recta, y vestía con un traje azul, y una gabardina gris por encima. "Un policía", es lo que pensó Kevin.
-¿Kevin García?
-Así es. Si es del FBI, ya les he dicho todo lo que sé. No me acuerdo bien de los detalles.
-No, no soy del FBI. Usted busca respuestas. Nosotros, también.
-¿Y qué le hace pensar que yo les voy a ayudar, sean quienes sean ustedes?
-En primer lugar, que podemos ofrecerle protección y entrenamiento para sobrevivir a otro ataque de la Corporación Reinhart. Y en segundo lugar, porque nuestra organización lleva casi cincuenta años luchando en la sombra contra ella.
-Un éxito abrumador, ¿verdad?
-No se reiría tanto, si supiera el alcance de la tecnología que poseen. Nosotros entendemos una parte muy pequeña, pero contamos con ayuda del gobierno. Aunque ellos no lo saben, claro.
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-Por supuesto.
-¿Por qué me cuenta todo esto, aquí y ahora?
-Bueno, en primer lugar, porque estamos en un sótano, lo cual nos hace invisibles a los satélites. Si a eso añadimos todo el instrumental médico presente, tampoco hay posibilidades de que un micrófono o una cámara ocultos puedan funcionar aquí. Con lo cual, es el lugar perfecto para hablar en privado. En segundo lugar, no tenemos mucho tiempo. Las personas que le intentaron matar volverán. Y esta vez no van a fallar, salvo que se venga conmigo.
-Muy bien, pero con una condición.
-¿Cuál?
-¿Tiene un teléfono móvil?

viernes, 6 de noviembre de 2009

El Agente: Archivo #014 - Reencuentro


-Así que habéis venido desde México, ¿no es así?
-Sí, nos conocimos en una ciudad que se llama Caborca, no muy lejos de la frontera. Allí es donde conseguimos la caja.
Gillian miró hacia el exterior, observando el campus. No había mucha gente, era temprano, y fin de semana. Supuso que las cosas nunca son como parecen, y que quizá no estuviese destinada a estar con Kevin, al fin y al cabo.
-Aún no puedo creer que todo esto esté pasando. La caja, una corporación que planea dominar el mundo, persecuciones, disparos, es... irreal -dijo, negando con la cabeza.
Helen miró a Gillian con frialdad, y adoptó un tono bastante grave.
-Pero tú lo viste. Viste al hombre de negro. Viste como sacó aquella extraña pistola. Intentó matar a Kevin. No podemos permitirlo. No quiero que le pase nada, y ahora estamos juntos en esto. Y tú también, siento que te haya implicado. No fue una buena idea.
Gillian negó de nuevo con la cabeza, y miró a Helen fijamente, a los ojos.
-Haría cualquier cosa por Kevin. Si está en peligro, prefiero estar cerca de él en estos momentos. No me importa si eso me pone en peligro a mí también. Me pregunto si estará bien...
Helen, se acercó, y tomó sus manos.
-Estará bien. Es más duro de lo que parece. Sobrevivió al desierto. Sobrevivirá a esto.
Ambas se miraron intensamente. Tras un momento de silencio, Gillian se abalanzó sobre Helen, y ambas se abrazaron, mientras ella rompía en un sordo llanto sobre el hombro de Helen. Pasaron unos instantes, hasta que Gillian se hubo recuperado, y se deshizo del abrazo. Helen puso su mano sobre el rostro de ella, acariciando sus cabellos pelirrojos, que le caían sobre el rostro y le secó las lágrimas con un pañuelo. Gillian la miró con ternura, y sonrió levemente, mientras susurró una palabra de cortesía. Helen sonrió, y pensó que era chica muy agradable. Un poco blanda, pero quizá en aquello residía su belleza. De nuevo, sus manos volvieron a juntarse, ahora, inadvertidamente, como si se buscaran, sin querer reconocerlo. Volvieron a mirarse, con dulzura...Y, justo en ese momento, sonó el teléfono.
Gillian se levantó, y contestó. Mantuvo una conversación monosilábica, sonrió ligeramente, mientras periódicamente volvía su mirada hacia Helen, que permancía sentada en el marco de la ventana, observando a Gillian, y luego colgó el teléfono. Ésta miró a Helen, y dijo:
-Es Kevin. Dice que está mejor, y que vayamos a verle. Quiere hablar con nosotras.

martes, 3 de noviembre de 2009

El Agente: Archivo #013 - Let's get physical!



Kevin estaba en medio del parque. De pronto vio a Gillian acercándose. Sonriendo, insinuante. Estuvo a punto de decir algo, pero ella le puso la punta del dedo sobre sus labios, y lo tomó de la mano. Le llevó en silencio por sendas del bosque. Pasaron por al lado de un río, y el sonido arrullante de la corriente le relajó. Ella se afianzó junto a él, abrazándole. Dijo algo, pero no pudo entenderle.

Se sentaron en una zona de hoja seca. El tiempo parecía congelado, eterno. Se besaron apasionadamente, una otra, y otra vez. Ella se tumbó en el lecho de hojas secas, anhelante. Entonces él, comenzó a oír el sonido del viento que mecía las hojas, mientras la besaba. Notó como el viento pulsaba los árboles como si fuese una nota musical. Una vibración repentina le hizo caer en el vacío, aunque tal vez fuera el latido cada vez más fuerte de ambos... Y de pronto, ella habló, con el tono de voz firme y el acento germánico de Helen:
-Kevin, ¡despierta! ¡Estamos a punto de aterrizar en Memphis!
Abrió los ojos. Vio a Helen, que le sacó la lengua, y luego lo besó.
-Parecía que tenías un sueño interesante, por la cara que ponías.
-Y tanto. Malditos vuelos docturnos... -murmuró mientras se desperazaba como podía en el estrecho asiento.

jueves, 29 de octubre de 2009

El Agente: Archivo #012 - Seis meses antes


Kevin sacó de su bolsillo aquella foto. La había tomado con una vieja cámara, que le había regalado su abuelo. Seguramente, la misma cámara que había desvelado los secretos de la oscura Corporación para la que trabajaba. Recordaba exactamente el momento en que había tomado aquella foto. Fue una mañana, hacía seis meses. Gillian tomaba café, y observaba hacia la ventana, como caía la nieve sobre Vancouver. Se habían conocido en otoño, cuando coincidieron en la Universidad. Ella estaba en Vancouver por un beca de intercambio, concedida por el gobierno irlandés. Él estaba terminando sus estudios de ingeniería, preparando su proyecto, mientras cubría los créditos libres con asignaturas que despertaran su interés. Y escogió fotografía, que para ella era una asignatura obligatoria en su currículum de Bellas Artes.

Cuando se conocieron, ella permanecía extática, con esa media sonrisa. Tras tomar la foto, sonrió y se acercó a ella, diciendo:
-Creo que la titularé "Mona Lisa de perfil", salvo que tengas otro nombre.
Ella le miró, manteniendo aquella media sonrisa, y le dijo, con aquel pronunciado acento irlandés:
-Mi nombre es Gillian. Pero Mona Lisa está bien como alegoría. Es un honor compararme con semejante obra. -Sonrió ampliamente- Bueno, ¿y tú tienes nombre, o tendré que llamarte Da Vinci?

Lo siguiente fue un clásico romance universitario. El otoño caía sobre Vancouver como una losa gris, e impulsaba a almas solitarias como ellos a unirse en la intimidad del calor hogareño, ante una taza de café, y a compartir su soledad con historias de lugares lejanos y salvajes como las praderas de Irlanda y los rocosos acantilados de Terranova. Ambos pertenecían a mundos diferentes, pero, de alguna forma, estaban juntos antes de conocerse; sus destinos estaban entrelazados.

Sin embargo, el Tiempo, juez cruel a la par que impasible, determinó que la beca de Gillian hubiera de terminar, y tuviera que volver a su Irlanda natal. Intentaron mantener el contacto, pero poco tiempo después, Kevin encontró trabajo en Nueva York, y Gillian se trasladó a Memphis, aprovechando cierta situación familiar. Ambos emprendieron vidas nuevas, e incluso en la era de la información, los hilos del destino se fueron destejiendo, hasta que tan sólo quedó una fotografía, y un número de teléfono escrito en el dorso.

Pero, en dos días, volverían a verse. De pronto, recordó una frase que le había enseñado un viejo amigo, Paek Kwoon Suun, cuando le enseñó a jugar al Go, allí, en Vancouver. "No hagas triángulos vacíos. El triángulo es mala forma". Se preguntó si el Go tendría algo que ver con el amor, aunque esperaba que no. El Go se le daba fatal.

lunes, 12 de octubre de 2009

El Agente: Archivo #011 - Retrospectiva



-No acabo de entender cómo ésto puede ser utilizado para dominar el mundo, Kevin.
-Tal vez si no hubieses cogido al azar la primera cosa que había en la caja, podríamos encontrarle un sentido...
-De alguna manera tenemos que empezar el puzzle, ¿no crees? Aquí hay muchas cosas: planos, fotografías, cartas... Pero sólo una cinta de vídeo. Tiene que ser importante.
-Supongamos que tienes razón. Es importante. Tenemos un individuo tocando el piano, acompañando a un sujeto que toca un extraño instrumento... sin tocarlo físicamente. Supongo que manejar un objeto sin tocarlo puede ser usado como un arma. Algo que Ellos podrían aprovechar.
-Deberíamos averiguar algo sobre ese instrumento.
-Creo que conozco a la persona adecuada para ayudarnos. Déjame hacer una llamada...

Kevin colgó el teléfono.
-Deberíamos reservar los billetes para Memphis, y ponernos en marcha enseguida.
-Estoy de acuerdo. Sin embargo, Kevin, hay algo que tenemos que hablar... No podemos hacer esto sólos. Necesitamos un apoyo. Ellos no tardarán en saber que tienes la caja. Se volverán contra nosotros. Necesitamos una... red de seguridad.
-Y tú tienes un plan, ¿verdad?
-Conozco algunas personas que nos podrían ayudar. ¿Tú eres canadiense, verdad?
-No entiendo qué tiene que ver eso con... ¿no serás del MI-5, verdad? Me parece Kevin que te has lucido -dijo frunciendo el ceño y bajando la mirada.
-No, yo soy una... freelance. Pero conozco gente. Antiguos clientes.
-Vale, lo dejo en tus manos -dijo Kevin alzando ambas manos, y encogiéndose de hombros.

Kevin paso el resto de la mañana comprando los billetes para Memphis. Tendrían que hacer escala, pero se dio por satisfecho por haber encontrado plaza para algún vuelo para el día siguiente. Después, aprovechó el tiempo que le quedaba para dar una vuelta por la ciudad, mientras Helen terminaba sus "gestiones". En ese tiempo, comenzó a pensar en el pasado, en el tiempo que pasó con Gillian...

miércoles, 7 de octubre de 2009

El Agente: Archivo #010 - Cambio de perspectiva



Gillian se despertó aquella mañana con pocas ganas de estudiar. Y mucho menos de trabajar. Se preparó un café, y, de mala gana, se dirigió hacia la Universidad. Una vez allí se dirigió al viejo edificio donde se encontraba la Facultad de Comunicación y Bellas Artes, en la cual estudiaba, y también trabajaba. En fin, aquél lugar se había convertido en su hogar, más que el apartamento que tenía alquilado en la ciudad. Su trabajo, bastante monótono, consistía en mantener el archivo de la Facultad, lo cual implicaba manejar toda clase de documentación y cachivaches extraños. Lo último le parecía interesante, e investigar aquellos artilugios hacía que mereciera la pena pasar horas encerrada en un sótano.
El mayor problema de trabajar en el sótano, es que su teléfono móvil no tenía cobertura, con lo que a menudo perdía las llamadas que le hacían. Por lo tanto, antes de salir de casa, siempre desviaba su teléfono móvil al teléfono de casa, que tenía conectado uno de aquellos antiguos contestadores de cassette. Hoy en día era un poco difícil encontrar los cassettes, pero tampoco quería deshacerse de aquella reliquia del pasado, como tantas otras que poblaban su casa, como un tocadiscos, en el que solía poner vinilos de Elvis que su madre le había regalado (entre otros, que ella había adquirido), o un viejo Mac de los años 90.
Cuando volvió ese día de la Facultad, se encontró un extraño mensaje en su contestador:
"Hola, Gillian. No sé si te acordarás de mí. Soy Kevin. Nos conocimos en un curso que hicimos juntos en Nueva York, hace un par de años. ¿Tú estudiabas historia del arte, verdad? Necesito tu consejo sobre una cinta de vídeo... muy extraña. Por favor, contesta a mi llamada, ¿de acuerdo? Es importante".
Gillian buscó en su agenda, curiosa, y encontró el número de ese tal Kevin. Marcó el número... esperó... un tono... dos tonos... y entonces, un joven se puso al teléfono.
-¿Hola? ¿Quién es?
-Hola, Kevin, soy Gillian. Te llamaba por el mensaje que me dejaste.
-¡Ah, sí! ¿Tú vives en Memphis, verdad? ¿Crees que podríamos vernos un día de estos?
-Sí, claro. Pasado mañana estaré libre a partir de las 12:00.
-Bien, un momento.
Kevin puso la mano sobre el micrófono, y se giró hacia Helen.
-¿Crees que podremos llegar desde aquí hasta Memphis en dos días?
-Sí, claro. En avión, eso sí.
-Bueno, no creo que eso suponga un problema.
Se puso de nuevo al teléfono.
-¿Hola? ¿Gillian? ¿Podrías pasar a recogerme al aeropuerto, a eso de las.. 12:30?
-Hmmm... supongo que no hay inconveniente. Nos vemos entonces.
-Hasta luego, y gracias.
-De nada, yo también tengo ganas de verte. Hasta dentro de dos días.
Gillian colgó el teléfono. Nunca creyó que volviese a ver a Kevin alguna vez. Pero, mira tú por donde, el destino a veces llama a tu puerta dos veces.